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jueves, 15 de octubre de 2020

octubre 15, 2020

Las dos culturas

 Las dos culturas es el nombre de un estereotipo cultural contemporáneo que se tomó del título de una influyente conferencia de C. P. Snow, pronunciada en 1959. Su tesis radicaba en que la ruptura de comunicación entre las ciencias y las humanidades, y la falta de interdisciplinariedad es uno de los principales inconvenientes para la resolución de los problemas mundiales.

La exposición de Snow

La conferencia de Snow tuvo lugar el 7 de mayo en la Senate House de Cambridge.


Dada su formación científica y su cualidad como novelista de éxito, Snow se encontraba en un buen lugar para plantear el debate sobre ambos tipos de cultura. Para Snow son los científicos los que tendrían el futuro en sus manos. La física sería, de hecho, la culminación de la belleza, pero sus logros no eran muy conocidos por la ciudadanía. Sin embargo citaba a muy pocos autores de letras (bajo el supuesto de que la formación cultural se apoyaba demasiado en éstas), y sólo se refería a Shakespeare y Dickens en su argumentación, con lo que inclinaba la balanza a un lado. El ataque a la cultura tradicional era evidente, y más que a la cultura en general era a las letras, pues no hablaba en absoluto de ciencias humanas.


El resumen puede presentarse con una cita:

Son muchos los días que he pasado con científicos las horas de trabajo para salir luego de noche a reunirme con colegas literatos. Y, viviendo entre dichos grupos, se me fue planteando el problema que desde mucho antes de confiarlo al papel había bautizado en mi fuero interno con el nombre de "las dos culturas".

[Se trata de] dos grupos polarmente antitéticos: los intelectuales literarios en un polo, y en el otro los científicos. Entre ambos polos, un abismo de incomprensión mutua; algunas veces (especialmente entre los jóvenes) hostilidad y desagrado, pero más que nada falta de entendimiento recíproco.


Los científicos creen que los intelectuales literarios carecen por completo de visión anticipadora, que viven singularmente desentendidos de sus hermanos los hombres, que son en un profundo sentido anti-intelectuales, anhelosos de reducir tanto el arte como el pensamiento al momento existencial.


Cuando los no científicos oyen hablar de científicos que no han leído nunca una obra importante de la literatura, sueltan una risita entre burlona y compasiva. Los desestiman como especialistas ignorantes. Una o dos veces me he visto provocado y he preguntado [a los no científicos] cuántos de ellos eran capaces de enunciar el segundo principio de la termodinámica. La respuesta fue glacial; fue también negativa. Y sin embargo lo que les preguntaba es más o menos el equivalente científico de "¿Ha leído usted alguna obra de Shakespeare?"

C. P. Snow, Las dos culturas y un segundo enfoque, Alianza Editorial, Madrid, 1987, pp. 14 y 24.

Difusión del escrito

El texto fue impreso, posteriormente, como The Two Cultures and the Scientific Revolution (Las dos culturas y la revolución científica).


Conferencia y libro eran la expansión de un artículo previamente publicado por Snow en la revista New Statesman, el 6 de octubre de 1956, y también titulado The Two Cultures (Las dos culturas, como se conocerá traducido al castellano).


Las ideas de Snow fueron ampliamente difundidas y debatidas en ambos lados del Atlántico, produciendo una secuela en 1963: The Two Cultures: A Second Look ("Las dos culturas: una segunda mirada"). El libro se puso como texto de lectura obligatoria en la enseñanza secundaria inglesa, y tuvo como apoyo, entre otros muchos, a historiadores y filósofos de la ciencia, como S. Toulmin y J. D. Bernal.


Críticas

Las ideas de Snow no quedaron sin crítica. Por ejemplo, la de F. R. Leavis, en otra conferencia, dada en Cambridge (29-2-1962) —y publicada en The Spectator—, donde acusó directamente a Snow de ser un "public relations man" (un "relaciones públicas") del estamento científico.1​ Ello motivó un buen número de cartas a The Spectator, hubo 17 en apoyo de Snow, en la primera semana; pero en la siguiente, con 15 más, hubo ya ocho en apoyo a Leavis, que deploraban situar la ciencia por encima de la literatura o hacer lo opuesto.


Con gracia y rigor, el crítico Lionel Trilling, en Más allá de la cultura, señaló que el debate era erróneo, y que aunque Leavis se excedía en el tono, el texto de Snow estaba gravemente equivocado, al deformar la cultura llamada "tradicional", que de tantas maneras se había enriquecido a lo largo del tiempo.2​


Y, en 1965, Susan Sontag, en un ensayo recogido luego en Contra la interpretación, señaló lo tosco y filisteo del texto de Snow, un escrito nada "contemporáneo", decía.3​ Su planteamiento ha envejecido mal, como ha señalado varias veces Emilio Lledó, pese a que se repita la frase "dos culturas" sin saber cómo se planteó la confrontación.

octubre 15, 2020

Divulgación científica

 La divulgación científica es el conjunto de actividades que interpretan y hacen accesible el conocimiento científico a la sociedad, es decir, todas aquellas labores que llevan a cabo el conocimiento científico a las personas interesadas en entender o informarse sobre ese tipo de conocimiento. La divulgación pone su interés no solo en los descubrimientos científicos del momento (por ejemplo, la determinación de la masa del neutrino), sino también en teorías más o menos bien establecidas o aceptadas socialmente (por ejemplo, la teoría de la evolución) o incluso en campos enteros del conocimiento científico.1​


Mientras que el periodismo científico se centra en desarrollos científicos recientes, la divulgación científica es más amplia. Es una tarea abordada por escritores, científicos, museos y periodistas de los medios de comunicación.

Historia

Es importante la divulgación científica que aparece reflejada históricamente en multitud de obras de diferentes autores. Entre las primeras obras evocadoras de la divulgación científica en el pasado remoto pueden citarse los Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo (1632), del astrónomo italiano Galileo Galilei,2​ en la que tres personajes dialogan durante cuatro días sobre las visiones aristotélica–ptolomeica y copernicana del Universo. La revista norteamericana Popular Science (fundada en 1872) es probablemente la primera publicación general que apareció con un carácter divulgativo.


En la actualidad, la divulgación científica se realiza en prácticamente cualquiera de los formatos que existen en los diferentes medios de comunicación: documentales de televisión, revistas de divulgación científica, artículos en periódicos generales o páginas de Internet dedicadas a esta labor. Existen incluso canales de televisión dedicados exclusivamente a la divulgación científica o en los que esta nueva disciplina forma una parte destacada de la programación, tales como Discovery Channel o National Geographic Channel. Debido al gran interés que ha surgido en muchos de los medios de comunicación por hacer de la ciencia uno de los temas centrales, la divulgación científica también recibe el nombre de periodismo científico.


La divulgación científica se expresa de manera más precisa en libros específicos sobre un tema. Algunas obras divulgativas han llegado a convertirse en auténticos best-sellers, como Historia del tiempo, de Stephen Hawking, o Los dragones del Edén, de Carl Sagan. Este último recibió el Premio Pulitzer en 19783​. Desde el punto de vista de la literatura, la divulgación científica constituye un subgénero del ensayo.


El periodista que se dedica a la divulgación de la ciencia es tan importante como el científico que genera preguntas y descubrimientos, ya que los nuevos conocimientos necesitan un agente difusor que pueda hacerlos llegar al público. La divulgación científica tiene como finalidad que el receptor se asegure de lo sucedido o simplemente se entere de lo pasado.


Divulgadores destacados


Carl Sagan, conocido por su labor como divulgador científico por su serie documental y libro Cosmos: Un viaje personal.

Algunos científicos que han contribuido especialmente a la divulgación del conocimiento científico son: Jacob Bronowski (El ascenso del hombre), Carl Sagan (Cosmos: Un viaje personal), Stephen Hawking (Historia del tiempo), Richard Dawkins (El gen egoísta), Stephen Jay Gould, Martin Gardner (artículos de divulgación de las matemáticas en la revista Scientific American), David Attenborough (La vida en la tierra) y autores de ciencia ficción como Isaac Asimov. Otros científicos han realizado tareas de divulgación tanto en libros como en novelas de ciencia ficción, como Fred Hoyle. La mayor parte de las agencias o institutos científicos destacados en los Estados Unidos cuentan con un departamento de divulgación (Education and Outreach), si bien no es una situación común en la mayoría de los países. Muchos artistas, aunque la divulgación científica no sea su actividad formal, han realizado esta tarea a través de sus obras de arte: gran número de novelas y cuentos y otros tipos de obras de ficción narran historias directa o indirectamente relacionadas con descubrimientos científicos diversos, como las obras de Julio Verne. Estás serían una muestra de todo público como a personas que no saben como a personas expertas.


Entre los autores más conocidos de obras de divulgación científica, se encuentran (aquí se citan, en orden alfabético según su primer apellido y algunas de sus áreas de interés más relevantes):


Manuel Calvo Hernando

Alex Riveiro (Astronomia)

Javier Armentia (astronomía y otras disciplinas científicas)

Juan Luis Arsuaga (paleontología)

Isaac Asimov (divulgación de la astronomía y otras disciplinas científicas)

David Attenborough (reportajes sobre naturaleza, como la serie de televisión Planeta Viviente)

José María Bermúdez de Castro (evolución humana)

Jacob Bronowski (la serie de televisión/el libro El ascenso del hombre)

Eudald Carbonell Roura (arqueología y evolución humana)

Rachel Carson (ecología; el libro Primavera silenciosa)

José Cervera (paleontología)

Jacques-Yves Cousteau (oceanografía)

Dianna Cowern (física)

Brian Cox (física)

José Luis Crespo Cepeda (física)

Paul Davies (física)

Richard Dawkins (biología; el libro El gen egoísta)

Katie Mack

Gerald Durrell (zoología)

José Edelstein (física)

Pere Estupinyà

Sonia Fernández-Vidal (física)

Richard Feynman (física)

George Gamow (ciencia moderna, el libro Uno, dos, tres... infinito)

Enrique Gánem Corvera (periodismo científico)

Deborah García Bello (química)

Martin Gardner (matemáticas)

Murray Gell-Mann (física atómica)

Diego Golombek (programa de TV Proyecto G)

Luis González de Alba, psicólogo y periodista mexicano

Clara Grima (matemáticas)

Stephen Jay Gould (biología, evolución e historia de la ciencia)

Neil deGrasse Tyson (astrofísica)

Brian Greene (física; libro El universo elegante)

Stephen Hawking (astrofísica; libro Breve historia del tiempo y otros)

Douglas Hofstadter (matemáticas)

Jamie Hyneman (ciencia por televisión)

Donald Carl Johanson (paleoantropología)

Michio Kaku (física)

Lawrence M. Krauss (astronomía, física)

Antonio Lazcano Araujo (origen de la vida, evolución de la vida, biología evolutiva)

Walter Lewin (física; libro Por amor a la física)

fr:David Louapre (física)

Ignacio López-Goñi (microbiología)

Patrick Moore (astronomía)

Desmond Morris (antropología; libros El mono desnudo y El zoo humano)

José Miguel Mulet Salort (organismos genéticamente modificados)

Bill Nye (ciencia, en general)

Guillermo Orts-Gil (Nanotecnología y ciencia en general)

Yákov Perelmán (física, matemáticas y astronomía)

Ruy Pérez Tamayo (patología, historia de la ciencia)

Steven Pinker (psicología)

Henri Poincaré (matemática)

Eduard Punset (psicología y neurociencias)

James Randi (método científico y ciencia en general)

Alice Roberts (evolución)

Félix Rodríguez de la Fuente (la serie de televisión El hombre y la Tierra)

Eduardo Saenz de Cabezón (matemáticas)

Carl Sagan (astronomía; la serie de televisión/el libro Cosmos: Un viaje personal)

Javier Sampedro, columnista en El País

Adam Savage (ciencia en televisión)

Michel Serres, historiador de las ciencias y filósofo francés

Ian Stewart (matemáticas)

Manuel Toharia (física)

América Valenzuela (actualidad científica y curiosidades)

James D. Watson (el libro La doble hélice)

Jorge Wagensberg (física y otras disciplinas científicas)4​

Muchos de los divulgadores más exitosos han sido científicos o han tenido formación científica. Tal es el caso de Carl Sagan, quien trabajó tanto en el programa SETI como en su famosa serie de televisión Cosmos: un viaje personal. Pero otros, como Timothy Ferris (autor de múltiples libros sobre astronomía), se formaron primero como comunicadores y luego se enfocaron en algún aspecto de la ciencia.


Ciencia ficción

Dentro del género literario de la ciencia ficción, las obras de ciencia ficción dura suelen presentar temas científicos con un calado lo suficientemente preciso como para ser consideradas obras de divulgación científica. Destacan, en este apartado específico:


Isaac Asimov

Stephen Baxter

Arthur C. Clarke

Fred Hoyle

Poul Anderson

Inversión y presupuesto

La mayor parte de las agencias o institutos científicos de países como los Estados Unidos cuentan con un departamento de divulgación científica (Education and Outreach) que pretende devolver a la sociedad en forma de conocimiento las importantes inversiones realizadas en grandes proyectos (como, por ejemplo, la investigación espacial), si bien esto no ocurre en muchos otros países.


Profesionalización

Artículo principal: Comunicación de la ciencia

La expresión «divulgación científica» se reemplaza paulatinamente por una más específica, «comunicación pública de la ciencia», que se ubica claramente dentro de las ciencias de la comunicación. Se reconoce, de esa manera, que la comunicación de la ciencia en la actualidad requiere de competencias, formación y formas de aproximación al conocimiento propias de las comunicaciones sociales. Los comunicadores científicos o divulgadores científicos se forman en la actualidad en carreras universitarias. La divulgación se establece así ya como una disciplina profesionalizada.5​

octubre 15, 2020

Historia de la política científica

 A lo largo de la historia, los sistemas de apoyo económico para los científicos y su trabajo han sido determinantes importantes del carácter y el ritmo de la investigación científica. Los fundamentos antiguos de las ciencias fueron impulsados por preocupaciones prácticas y religiosas y / o la búsqueda de la filosofía en general. Desde la Edad Media hasta la Era de la Ilustración, los académicos buscaron diversas formas de mecenazgo noble y religioso o financiaron su propio trabajo a través de la práctica médica. En los siglos XVIII y XIX, muchas disciplinas comenzaron a profesionalizarse, y tanto los "premios" patrocinados por el gobierno como las primeras cátedras de investigación en las universidades impulsaron la investigación científica. En el siglo XX, una variedad de fuentes, incluidas organizaciones gubernamentales, fondos militares, ganancias de patentes, patrocinio corporativo y filantropías privadas, han dado forma a la investigación científica.

Ciencia antigua

La mayoría de los primeros avances en matemáticas, astronomía e ingeniería fueron subproductos de objetivos más inmediatos y prácticos. Las necesidades de agrimensura y contabilidad impulsaron las antiguas matemáticas egipcias, babilónicas, chinas e indias, mientras que los calendarios creados con fines religiosos y agrícolas impulsaron la astronomía temprana.


La ciencia moderna debe gran parte de su herencia a los antiguos filósofos griegos. El trabajo influyente en astronomía, mecánica, geometría, medicina e historia natural fue parte de la filosofía. El conocimiento arquitectónico, especialmente en la antigua Grecia y Roma, también contribuyó al desarrollo de las matemáticas, aunque el alcance de la conexión entre el conocimiento arquitectónico y las matemáticas y la mecánica más abstractas no está claro.


La política estatal ha influido en la financiación de las obras públicas y la ciencia durante miles de años, al menos desde la época de los mohistas, que inspiraron el estudio de la lógica durante el período de las Cien Escuelas de Pensamiento, y el estudio de las fortificaciones defensivas durante el Período de los Estados beligerantes en China. Se recaudaron impuestos generales de mano de obra y granos para financiar grandes obras públicas en China, incluido el acopio de granos para su distribución en tiempos de hambruna,1​ la construcción de diques para controlar las inundaciones de los grandes ríos, la construcción de canales y esclusas para conectar ríos, algunos de los cuales fluían en direcciones opuestas entre sí,2​ y la construcción de puentes a través de estos ríos. Estos proyectos requirieron un servicio civil, los eruditos, algunos de los cuales demostraron un gran dominio de la hidráulica.


En la Edad Media

La historiografía atribuye a los califatos omeyas y especialmente a los califatos abasíes el apoyo al movimiento de traducción de la literatura griega, persa y siríaca al árabe3​. Estas traducciones fueron realizadas por la biblioteca de la Casa de la Sabiduría en Bagdhad. Al-Kindi, Al-Battani, Ibn Sahl e Ibn al-Haytham florecieron bajo las políticas liberales de estos califatos.


La ciencia en el mundo islámico durante la Edad Media siguió varios modelos, y los modos de financiación variaron según los estudiosos. Fue un amplio patrocinio y fuertes políticas intelectuales implementadas por gobernantes específicos que permitieron el desarrollo del conocimiento científico en muchas áreas. El ejemplo más destacado de esto es con el Movimiento de Traducción del siglo IX que fue facilitado por los primeros califas abasíes.4​ Otros mecenas ricos también apoyaron este movimiento y aceleraron el proceso de adquisición, traducción e interpretación de antiguas obras de filosofía y ciencia. La financiación para la traducción estuvo en curso durante el reinado de ciertos califas, y resultó que ciertos académicos se convirtieron en expertos en los trabajos que tradujeron y, a su vez, recibieron más apoyo para continuar desarrollando ciertas ciencias. A medida que estas ciencias recibieron una atención más amplia de la élite, se invitó y financió a más académicos para estudiar ciencias particulares. Ejemplos de traductores y académicos que se beneficiaron de este tipo de apoyo fueron al-Khawarizmi, Hunayn Ibn Ishaq y el Banu Musa.5​ El patrocinio se asignó principalmente a las ciencias prácticas que serían beneficiosas para la sociedad en ese momento. Los fondos estaban reservados para aquellos que estaban bien versados en ciertas disciplinas, y no se daban en base a la afiliación religiosa. Por esta razón, encontramos eruditos judíos, cristianos y musulmanes mixtos que trabajan en Bagdad y otros lugares, a menudo entre sí. 6​


Una característica notable de muchos eruditos que trabajaban bajo el dominio musulmán en la época medieval es que a menudo eran polímos. Los ejemplos incluyen el trabajo sobre Óptica, Matemáticas y Astronomía de Ibn al-Haytham, o el trabajo sobre Biología, Teología y literatura árabe de al-Jahiz . Muchos de estos académicos fueron alentados a través del patrocinio a adoptar un enfoque multidisciplinario para su trabajo y a incursionar en múltiples campos. Aquellos individuos que tenían conocimientos sobre una amplia variedad de temas, especialmente temas prácticos, eran respetados y bien atendidos en sus sociedades. 7​


La financiación de la ciencia existió en muchos imperios musulmanes fuera de los abasíes y continuó incluso después de las invasiones mongolas en el Medio Oriente. Los resultados del mecenazgo en las áreas islámicas medievales incluyen la Casa de la Sabiduría en Bagdad, la Universidad Al-Azhar en El Cairo, los bimaristas en todo el Medio Oriente y Persia, y famosos observatorios, como el de Ulugh Beg en Samarcanda. También es significativo observar que los imperios musulmanes posteriores (otomanos, safavidios, imperios mogol) también apoyaron la ciencia a su manera, a pesar de que los logros científicos no fueron tan importantes a nivel mundial.8​9​


Siglos XVI y XVII

En Italia, Galileo señaló que los impuestos individuales de cantidades mínimas podrían financiar grandes sumas al Estado, lo que luego podría financiar su investigación sobre la trayectoria de las balas de cañón, y señaló que "a cada soldado individual se le pagaba con monedas recaudadas por un impuesto general de centavos y farthings, mientras que incluso un millón de oro no sería suficiente para pagar a todo el ejército".10​


En Gran Bretaña, el Lord Canciller Sir Francis Bacon tuvo un efecto formativo en la política científica con su identificación de "experimentos de ... luz, más penetrantes en la naturaleza [de lo que otros saben]",11​ que hoy llamamos el experimento crucial. La aprobación gubernamental de la Royal Society reconoció una comunidad científica que existe hasta el día de hoy. Los premios británicos de investigación impulsaron el desarrollo de un cronómetro portátil y preciso, que permitía directamente la navegación confiable y la navegación en alta mar, y también financió la computadora de Babbage.


Mecenazgo

La mayoría de los astrónomos y filósofos naturales importantes (así como artistas) en los siglos XVI y XVII dependían del patrocinio de poderosas figuras religiosas o políticas para financiar su trabajo. Las redes de mecenazgo se extendieron desde emperadores y papas hasta nobles regionales, desde artesanos hasta campesinos; incluso los puestos universitarios se basaron en cierta medida en patrocinio. Las carreras académicas en este período fueron impulsadas por el patrocinio, a menudo comenzando en universidades no distinguidas o escuelas o tribunales locales, y viajando más cerca o más lejos de los centros de poder a medida que su fortuna aumentaba y disminuía.


El deseo de más patrocinio también moldeó el trabajo y las publicaciones de los científicos. Se pueden encontrar dedicaciones efusivas para clientes actuales o potenciales en casi todas las publicaciones académicas, mientras que los intereses de un cliente en un tema específico fue un fuerte incentivo para seguir dicho tema — o reformular el trabajo de uno en términos de él. Galileo, por ejemplo, presentó por primera vez el telescopio como un instrumento naval para la República de Venecia centrada en el comercio y el ejército; cuando buscó el patrocinio más prestigioso de la corte Medici en Florencia, en su lugar promovió el potencial astronómico del dispositivo (al nombrar las lunas de Júpiter en honor a los Medicis).


El mecenas de un erudito no solo apoyaba su investigación financieramente, sino que también proporcionaba credibilidad al asociar los resultados con la autoridad del mecenas. Esta función de patrocinio fue subsumida gradualmente por las sociedades científicas, que también inicialmente recurrieron a sus cartas reales para obtener autoridad, pero finalmente llegaron a ser fuentes de credibilidad por sí mismas.


Ciencia autofinanciada

La autofinanciación y la riqueza independiente también fueron fuentes de financiación cruciales para los científicos, desde el Renacimiento al menos hasta finales del siglo XIX. Muchos científicos obtuvieron ingresos de actividades tangenciales pero relacionadas: Galileo vendió instrumentos; Kepler publicó horóscopos; Robert Hooke diseñó edificios y construyó relojes; y la mayoría de los anatomistas e historiadores naturales practicaron o enseñaron medicina. Aquellos con medios independientes a veces eran conocidos como caballeros científicos.


Exploración y comercio

Los viajes militares y comerciales, aunque no destinados a fines científicos, fueron especialmente importantes para el crecimiento del conocimiento histórico natural durante la Era de los Descubrimientos. Los eruditos y nobles de las naciones marineras -primero España y Portugal, luego Italia, Francia e Inglaterra- acumularon colecciones sin precedentes de especímenes biológicos en cuartos de maravillas, lo que despertó el interés por la diversidad y la taxonomía.


Siglos XVIII y XIX

Gradualmente, surgió una política científica que decía que las ideas serían tan libres como el aire (el aire es un bien libre, no solo un bien público). Tal es la cita a Thomas Jefferson:


las ideas deberían extenderse libremente de una a otra en todo el mundo, para la instrucción moral y mutua del hombre, y mejora de su condición, ... como el aire... incapaz de confinamiento o apropiación exclusiva.12​


En los siglos XVIII y XIX, a medida que el ritmo del progreso tecnológico aumentó antes y durante la revolución industrial, la mayoría de las investigaciones científicas y tecnológicas fueron realizadas por inventores individuales utilizando sus propios fondos. Por ejemplo, Joseph Priestley era un clérigo y educador, que hablaba libremente con otros, especialmente aquellos en su comunidad científica, incluido Benjamin Franklin, un hombre hecho a sí mismo que se retiró del negocio de la imprenta. Se desarrolló un sistema de patentes para permitir a los inventores un período de tiempo (a menudo veinte años) para comercializar sus inventos y recuperar ganancias, aunque en la práctica muchos encontraron esto difícil. Los talentos de un inventor no son los de un hombre de negocios, y hay muchos ejemplos de inventores (p. Ej. Charles Goodyear) haciendo bastante poco dinero con su trabajo, mientras que otros pudieron comercializarlo.13​


La profesionalización de la ciencia, que comenzó en el siglo XIX, fue posible gracias a la creación de sociedades científicas como la Academia Nacional de Ciencias en 1863, el Instituto Kaiser Wilhelm en 1911 y la financiación estatal de universidades de sus respectivas naciones.


Siglo XX

En el siglo XX, la investigación científica y tecnológica se sistematizó cada vez más, a medida que las corporaciones se desarrollaron y la inversión continua en investigación y desarrollo se volvió un elemento clave del éxito en una estrategia competitiva. Sin embargo, seguía siendo el caso que la imitación de los competidores, eludiento la propiedad intelectual, especialmente aquella registrada en el extranjero. A menudo era una estrategia igualmente exitosa para las empresas centradas en la innovación en materia de organización y técnica de producción, o incluso en marketing. Un ejemplo clásico es el de Wilkinson Sword y Gillette en el mercado de navajas de afeitar desechables, donde el primero ha tenido la ventaja tecnológica y el segundo el comercial.


El testamento del industrial sueco Alfred Nobel ordenó que su gran fortuna se utilizara para establecer premios en los campos científicos de la medicina, la física y la química, así como en la literatura y la paz. El premio Nobel sirvió para proporcionar incentivos financieros a los científicos, elevar a los principales científicos a una visibilidad sin precedentes, y proporcionó un ejemplo para que otros filántropos de la era industrial proporcionen fuentes privadas de financiación para la investigación científica y la educación. Irónicamente, no fue una era de paz que siguió, sino guerras que se libraron a una escala internacional sin precedentes que llevó a un mayor interés del estado en la financiación de la ciencia.


Investigación de guerra

El deseo de armas más avanzadas durante la Primera Guerra Mundial inspiró importantes inversiones en investigación científica e ingeniería aplicada tanto en Alemania como en los países aliados. La Segunda Guerra Mundial generó una investigación científica y un desarrollo de ingeniería aún más generalizados en campos como la química nuclear y la física nuclear a medida que los científicos corrían para contribuir al desarrollo del radar, el fusible de proximidad y la bomba atómica. En Alemania, científicos como Werner Heisenberg fueron empujados por los líderes del esfuerzo de guerra alemán, incluido Adolf Hitler para evaluar la viabilidad de desarrollar armas atómicas a tiempo para que tengan un efecto en el resultado de la guerra. Mientras tanto, los países aliados a fines de la década de 1930 y 1940 comprometieron recursos monumentales para la investigación científica en tiempos de guerra. En los Estados Unidos, estos esfuerzos fueron inicialmente dirigidos por el Comité de Investigación de Defensa Nacional. Más tarde, la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico, organizada y administrada por el ingeniero del MIT Vannevar Bush, tomó el esfuerzo de coordinar los esfuerzos del gobierno en apoyo de la ciencia.


Tras la entrada de Estados Unidos en la segunda guerra mundial, el Proyecto Manhattan surgió como un programa coordinado masivo para perseguir el desarrollo de armas nucleares . Científicos destacados como Robert Oppenheimer, Glenn T. Seaborg, Enrico Fermi y Edward Teller se encontraban entre los miles de científicos e ingenieros civiles empleados en los esfuerzos de guerra sin precedentes. Comunidades enteras fueron creadas para apoyar los aspectos científicos e industriales de los esfuerzos nucleares en Los Álamos, Nuevo México ; Oak Ridge, Tennessee ; el sitio de Hanford en Washington y en otros lugares. El Proyecto Manhattan costó $ 1,889,604,000 de los cuales $ 69,681,000 se dedicaron a investigación y desarrollo. El Proyecto Manhattan es considerado como un hito importante en la tendencia hacia la financiación gubernamental de la gran ciencia .


Política científica de la guerra fría

En los Estados Unidos, la base para la política científica posterior a la Segunda Guerra Mundial se estableció en Vannevar Bush 's Science   - La frontera sin fin, presentada al presidente Truman en 1945. Vannevar Bush fue el asesor científico del presidente Roosevelt y se convirtió en uno de los asesores científicos más influyentes, ya que en su ensayo fue pionero en la forma en que decidimos sobre la política científica actual. 14​ Vannevar Bush, director de la oficina de investigación y desarrollo científico del gobierno de los Estados Unidos, escribió en julio de 1945 que "la ciencia es una preocupación adecuada del gobierno" 15​ Este informe condujo a la creación de la Fundación Nacional de Ciencia en 1950 para apoyar a los civiles. investigación científica.


Durante la era de la Guerra Fría, la antigua Unión Soviética invirtió mucho en ciencia, intentando igualar los logros estadounidenses en ciencia nuclear y sus aplicaciones militares e industriales. Al mismo tiempo, Estados Unidos invirtió mucho en avanzar en sus propias actividades de investigación y desarrollo nuclear a través de un sistema de laboratorios nacionales administrados por la recién formada Comisión de Energía Atómica en colaboración con la Universidad de California, Berkeley y el Instituto de Tecnología de Massachusetts . Esta era de competencia en ciencia y desarrollo de armas fue conocida como la carrera armamentista . En octubre de 1957, el exitoso lanzamiento de Sputnik por parte de la Unión Soviética provocó una fuerte reacción en los Estados Unidos y un período de competencia entre las dos nuevas superpotencias mundiales en una carrera espacial . En reacción al Sputnik, el presidente Eisenhower formó la Comisión Asesora de Ciencias del Presidente (PSAC). Su informe de noviembre de 1960, "El progreso científico, las universidades y el gobierno federal", también se conocía como el "Informe Seaborg" después de la Universidad de California, canciller de Berkeley Glenn T. Seaborg, el Premio Nobel de Química de 1951. El Informe Seaborg, que enfatizó la financiación federal para la ciencia y la investigación pura, se le atribuye la influencia de la política federal hacia la ciencia académica durante los próximos ocho años. El miembro del PSAC John Bardeen observó: "Hubo un tiempo no hace mucho tiempo en que la ciencia estaba tan hambrienta de fondos que se podría decir que casi cualquier aumento era deseable, pero esto ya no es cierto. Tendremos que revisar nuestros presupuestos científicos con especial cuidado para [mantener] una tasa de crecimiento saludable en una base amplia y no ver nuestros esfuerzos desviados a canales no rentables ". 16​


El nombramiento del presidente John F. Kennedy de Seaborg como presidente de la Comisión de Energía Atómica en 1961, colocó a un científico respetado en un importante puesto del gobierno donde podría influir en la política científica durante los próximos 11 años. En un discurso en la Universidad de Rice en 1962, el presidente Kennedy intensificó el compromiso estadounidense con el programa espacial al identificar un objetivo importante en la carrera espacial: llegar a la luna17​. La financiación federal para la investigación pura y aplicada alcanzó niveles sin precedentes a medida que la era de la Gran Ciencia continuó durante la Guerra Fría, en gran parte debido a los deseos de ganar la carrera armamentista y la carrera espacial, pero también debido a los deseos estadounidenses de avanzar en la medicina.


Recortes de fondos estatales

Comenzando con la primera crisis del petróleo, una crisis económica golpeó al mundo occidental que dificultó a los estados mantener su financiamiento acrítico de investigación y enseñanza. En el Reino Unido, el Comité de Subvenciones Universitarias comenzó a reducir su subvención global en bloque para ciertas universidades a partir de 1974. Esto se vio agravado por el acceso al poder del gobierno de Thatcher en 1979, que prometió una reducción radical del gasto público. Entre 1979 y 1981, más recortes en la subvención en bloque amenazaron a las universidades y se convirtieron en oportunidades aprovechadas por ciertos actores (jefes de departamentos, vicerrectores, etc.) para la reorganización radical y la reorientación de la investigación de la universidad. En 1970, en los Estados Unidos, la Ley de Autorización Militar prohibió al DOD apoyar la investigación a menos que tuviera "una relación directa o aparente con una función militar específica". Esto redujo la capacidad del gobierno para financiar la investigación básica.


Selectividad

Para administrar los recursos severamente agotados de una manera (teóricamente) transparente, se desarrollaron varios mecanismos de selectividad durante los años ochenta y noventa. En el Reino Unido, los recortes de fondos de 1984-1986 fueron acompañados por una evaluación de la calidad de la investigación. Esto se hizo mediante la estimación de los ingresos de investigación externos (de los Consejos de Investigación y las empresas privadas), así como el "prejuicio informado" por parte de los expertos en la UGC . Este se convirtió en el primer ejercicio de evaluación de investigación, que pronto será seguido por muchos otros.


En Francia, la selectividad se ejerce por diversos medios. El CNRS evalúa regularmente sus unidades e investigadores. Por esta razón, durante las décadas de 1980 y 1990, el gobierno ha intentado privilegiar la financiación de investigadores con afiliación al CNRS. Con la creación de un sistema de contrato finalizado en 1989, toda la investigación se sometió a la aprobación de la universidad para su inclusión en el contrato aprobado con el Ministerio de Educación. Esto permitió a las universidades seleccionar y privilegiar la investigación y los investigadores que consideraban mejores que otros (generalmente aquellos asociados al CNRS u otros grandes cuerpos de investigación ).


Los críticos de los sistemas de selectividad denuncian sus sesgos inherentes. Muchos sistemas de selectividad, como el RAE, estiman la calidad de la investigación por sus ingresos (especialmente los ingresos privados) y, por lo tanto, favorecen disciplinas costosas a expensas de las baratas (ver efecto Matthew ). También favorecen una mayor investigación aplicada (susceptible de atraer financiación empresarial) a expensas de una ciencia más fundamental. Estos sistemas (así como otros como la bibliometría ) también están abiertos al abuso y la reparación.


Siglo XXI

El siglo XXI inició el desafío de Políticas científicas consensuadas entre bloques regionales. Tal es el caso de la Unión Europea, que gestiona la financiación de investigación a través de Programas Marco de Investigación y Desarrollo Tecnológico.

octubre 15, 2020

Filología

 La filología (del latín philologĭa, y este del griego φιλολογία philología, ‘amor o interés por las palabras’) es el estudio de los textos escritos, a través de los que se intenta reconstruir, lo más fielmente posible, el sentido original de estos con el respaldo de la cultura que en ellos subyace.


El trabajo filológico se aproxima al hermenéutico, al menos en la medida en que interpreta el sentido, y se sirve, por tanto, del estudio del lenguaje, la literatura y demás manifestaciones idiomáticas, en cuanto constituyen la expresión de una comunidad cultural determinada o de varias, o de meros individuos. Se entiende usualmente por filología, bien el estudio de las lenguas y las literaturas, así como la correspondiente cultura de sus hablantes, bien el estudio diacrónico o eidético de los textos literarios o incluso de todo vestigio de lengua escrita o de la lengua en general.


En su más amplio y pleno sentido, especialmente en las tradiciones modernas románica y germánica, Filología es el término general que designa el estudio de las lenguas naturales y abarca, pues, tanto la serie disciplinaria de la Ciencia del Lenguaje o Lingüística (Lingüística histórica, Lingüística teórico-descriptiva y Lingüística aplicada), una de las dos grandes series filológicas, como aquella otra formada por la Ciencia de la literatura (esto es, Historia de la literatura, Teoría de la literatura y Crítica literaria), según ha venido a establecer simétricamente el desarrollo de los criterios de la "ciencia real". Ello representa en consecuencia, no solo la integración de la Retórica y la Poética clásicas (cosa evidente desde la Antigüedad), y también modernas, sino la completa integración de todas aquellas metodologías internas, ya fuertemente transversales y compartidas como sobre todo la Comparatística, la Gramática comparada o la Literatura comparada, ya técnicamente restrictivas y particularizadoras como la Ecdótica o Crítica textual.


En este último aspecto, además, la Filología, técnicamente fundada para Occidente en el Museo de Alejandría, ha asumido paulatinamente durante la segunda mitad del siglo XX el instrumental proporcionado por los medios digitales, los cuales han transformado la aplicabilidad e incluso los resultados (en el caso del hipertexto) del trabajo crítico textual y en general la edición de textos.


La Filología, en cuyo seno se suele distinguir entre filología general y filologías particulares (aproximadamente correspondientes a lenguas o familias de lenguas o bien regiones culturales) constituye en conjunto el milenario, más extenso, fundamentador y multiplicadamente cultivado sector disciplinar de las Ciencias humanas.

Piedra de Rosetta, estela escrita en tres lenguas, antiguo egipcio jeroglífico, demótico y griego, que sirvió al egiptólogo Jean-François Champollion para descifrar la escritura jeroglífica egipcia.

Filología griega y helenística

Entre varias consideraciones, fue ganando terreno aquella que concebía la labor de alguien consagrado a la explicación de textos desde los diferentes puntos de vista posibles, actividad esta que comenzó siendo una afición noble cultivada con mayor o menor acierto y, hasta cierto punto, de manera no profesional. Tanto Gramática (grammatiké) como Filología son disciplinas entroncadas en no pequeña medida, si bien cada una adquirirá grados de especialización y esta última denominación acabará disfrutando de la capacidad definitoria más abarcadora e incluyente por tanto de la anterior. Aunque en diferente grado, otro tanto sucede respecto de la Retórica, en menor medida respecto de la Poética.


A veces se utiliza "filología helenística" queriendo designar la "filología griega" en su más amplio sentido, pero la calificación de "helenístico" es preferible sea restringida al determinado periodo y cultura tardíos de la lengua griega clásica, por lo demás dispersa y frecuentemente entremezclada con el cristianismo. A este periodo corresponden autores tan eminentes como Longino, Filón de Alejandría o Plotino.


Los primeros filólogos en el sentido restrictivo fueron los alejandrinos (siglo III a. C.), discípulos de los sofistas, cuyo más sobresaliente representante es Aristófanes de Bizancio (siglo III a. C.), fundador de un método que su discípulo Aristarco de Samotracia, director de la Biblioteca de Alejandría, aplicó, más tarde, al estudio de los poemas de Homero. Estos primeros filólogos desarrollaron, en la Biblioteca de Alejandría, una importante actividad editorial, centrada en la copia de manuscritos de los más importantes y representativos autores del pasado, cuyos textos se limpiaban de errores y se interpretaban de acuerdo con unas normas determinadas. En manos de los alejandrinos, la filología se convirtió, así, en un conjunto de conocimientos sistemáticos y ordenados, aunque amplios y poco profundos, puesto que el filólogo debía poseer no solo conocimientos lingüísticos y literarios, sino también históricos, geográficos, artísticos, retóricos, etc. Por eso se le consideraba la persona ideal tanto para explicar los textos como para reconstruirlos, modernizarlos y restaurarlos.


La primera Gramática (Techne Grammatiké), la de Dionisio de Tracia, es muestra excelente de la amplitud y diversidad de los quehaceres filológicos, ya gramaticales si tomamos esta palabra en nuestro limitado sentido contemporáneo, ya críticos y literarios. Aquello que acabaría genéricamente llamándose "filología" comenzó ocupándose, por una parte, de la lectura correcta de los textos y, por otra, de la fijación, depuración y exégesis de los mismos. Las experiencias adquiridas y los materiales empleados en esta actividad se irían recogiendo en léxicos, repertorios, inventarios, etc. La filología se convierte, así, en época alejandrina, en una disciplina de carácter enciclopédico que abarca enseñanzas de gramática, retórica, historia, epigrafía, numismática, bibliografía, métrica, etc. Los filólogos así formados son, por antonomasia, hombres cultos que reúnen, aun de manera esquemática, los saberes de su época.


Época clásica latina

Roma asimiló los métodos de los cesarianos y continuó la labor emprendida por estos; fue el caso de Varrón (siglo I a. C.), por ejemplo. En época imperial proliferan quienes estudian, critican y comentan las obras maestras de la cultura latina, llamándose a sí mismos filólogos o gramáticos, voz que irá suplantando a la primera hasta hacerla desaparecer. En efecto, el término filología se utilizará poco en el Bajo Imperio, coincidiendo con la decadencia de los estudios de este tipo, que llegan a desaparecer casi por completo a partir de este momento y durante toda la Edad Media. A pesar de ello, es importante recordar las figuras del latino Servio Macrobio (siglo IV) y, mucho más tarde, el bizantino Focio (siglo IX); también puede destacarse la edición de las Suidas (siglo X) bizantinas siguiendo métodos alejandrinos.


La época latina construyó la gran síntesis de las disciplinas de raigambre filológica mediante la Retórica, como no podía ser de otro modo, es decir gracias a las Institutio Oratoria de Quintiliano a finales del siglo I. Esta poderosa construcción, que fundía asimismo la cultura humanística y por tanto la educación, determinaría el curso medieval, gramaticalizado y de poética retorizada, proceso que solo alcanzará a desmembrarse tras el final de las corrientes tradicionalistas y dialécticas, por así decir enmarañadamente medievales, en virtud de la nueva visión de las Poetrias, ya emancipadas de la persistente pervivencia gramatical de Donato y Prisciano. El De Vulgari Eloquentia de Dante, no publicado en su tiempo, fue un atisbo que tardó en localizar su propio camino. A la Patrística, especialmente a San Jerónimo y San Agustín, es preciso reconocer que se debe no ya la integración de la cultura y los saberes filológicos grecolatinos en el nuevo mundo cristianizado, sino la creación por este de una retórica, una filología y traductología que habrían de confluir en la obra de Erasmo de Róterdam. Por otra parte, la reactualización de Cicerón representará la nueva Retórica o Eloquentia renacentista.


Humanismo

La cultura del Renacimiento y, sobre todo, del Humanismo, constituye, ya sea en su vertiente de interpretación más cívica (Eugenio Garin) o más filológica (Kristeller), el gran establecimiento de la filología moderna y el primer gran dominio y acopio de las fuentes clásicas. Se ha discutido mucho acerca de la importancia medieval del llamado Protorrenacimiento, o de la distinción de varios Prerrenacimientos, uno de los cuales podría entenderse como específicamente filológico. La importancia de la operación académica llevada a cabo por Carlomagno es de todo punto indudable y relativa a lo que llamamos historia y creación de las escuelas catedralicias y las universidades propiamente dichas.


Como es bien sabido, la creación de la imprenta y la edición de textos clásicos en este nuevo medio significó algo parecido a una revolución cultural extendida a todos los ámbitos del conocimiento y las posibilidades de su difusión. Si el Cuatrocientos fue la prodigiosa época del arte y su teoría, el Quinientos fue la de la Poética y la Crítica (Minturno, Escaligero, Castelvetro), pero todo ese tiempo fue en general el de los saberes filológicos, cuando menos desde los maestros de Petrarca. Puede decirse que se instauró la pasión bibliográfica en el destino buscado de restituir a los clásicos grecolatinos y los textos escriturísticos. Durante el siglo XV, personajes tan importantes y dispares como Aldo Manuzio o Angelo Poliziano habían señalado el camino de la dedicación al estudio de los clásicos, cuyo estilo imitan y cuyos textos editan. El siglo XVI es para los estudios filológicos en amplio sentido, la época quizás sobre todo de Julio César Escaligero, que continúa entre otras cosas el "parangón" (base originaria de la Comparatística o Literatura comparada) en la tradición virtuosista de Dionisio de Halicarnaso. Se trata de un ingente decurso filológico que cruza de Salutati a Pontano, de Bracciolini y Valla a Bocaccio, Pletón o Ficino. Y así lo demuestran también Henri Estienne, o Erasmo de Róterdam, quien retoma y eleva la tradición jeronimiana, o Nebrija y la fundamentación de la nueva lengua de América.


Siglo XVIII

En el siglo XVIII, la Ilustración y el renovado interés por la ciencia en general hacen renacer o establecen una nueva etapa para el interés filológico. Richard Bentley instaura en la Universidad de Cambridge los estudios clásicos dando un definitivo empuje a los estudios filológicos; por primera vez, puede decirse, es superada la filología alejandrina mediante la teorización de la existencia de la digamma en los textos homéricos. Es una etapa de corrección de los textos deteriorados o deformados, acomodándolos al estilo de sus autores (usus scribendi) y a las circunstancias de su época de origen.


En el último cuarto del siglo XVIII, el término "filología" es rescatado por Friedrich August Wolf, considerado en este sentido padre de la filología moderna. Wolf, en efecto, abre un nuevo periodo importante para la historia de las disciplinas lingüísticas en sentido amplio. Ferdinand de Saussure, consideraba la filología de Wolf como un «movimiento científico», que tiene por objeto de estudio no solo la lengua sino también la fijación, interpretación y comentario de textos, lo que le lleva a ocuparse de la historia literaria, las costumbres, las instituciones, etcétera, utilizando un método propio: la crítica. Estas investigaciones filológicas, según Saussure, tendrían el mérito de haber preparado el camino de la lingüística histórica.


Pero el último cuarto del Setecientos es señaladamente el momento de la creación, por parte de la "Escuela Universalista Española del siglo XVIII", esto es Lorenzo Hervás (Catálogo de las Lenguas) y Juan Andrés (Origen, progresos y estado actual de toda la literatura), de la Lingüística comparada y la Historia literaria universal y comparada o Literatura comparada, respectivamente. Es el moderno gran impulso de una tradición que de diferente modo procede directamente de Dionisio de Halicarnaso, Escalígero y Erasmo.


Siglo XIX

La filología alemana del siglo XIX, junto a la Estética y en general la Filosofía, representa uno de los mayores momentos de la cultura de la Humanidad. Tras Wilhelm von Humboldt, cenit de la Lingüística, el siglo XIX va a configurar el desarrollo de la filología comparada en el marco del nuevo humanismo alemán. La publicación, a mediados de siglo, de la primera Gramática comparada por parte de Franz Bopp, sirvió para demostrar que se podía llevar a cabo un proceso avanzado de comparación entre las lenguas. La filología comparada puede considerarse en gran medida una consecuencia directa del movimiento romántico. El afán por el conocimiento del pasado, tan propio del Romanticismo, contribuyó a crear la mentalidad historicista que le era necesaria, mientras que el deseo de conocer el alma de los pueblos, por otro lado, también típicamente romántico, condujo a la evolución historiográfica, filosófica y filológica aplicada a un nuevo estudio de sus lenguas y literaturas. Gracias a tales condicionamientos, los románticos miraron hacia las lenguas y literaturas clásicas. Y, en el estudio de las lenguas clásicas, el método histórico-comparatista dio excelentes resultados en la reconstrucción de una lengua de la cual no se conservaban textos escritos, pero que podía presuponerse por la comparación de diversas lenguas europeas y asiáticas, especialmente el sánscrito: el proto-indoeuropeo. También el exotismo romántico significó la primera gran apertura al oriente asiático, que habría de ser tan importante para la gran filología que encierra la Mitología comparada de Max Müller. Muy pronto, la evolución de la nueva filología romántica, amparada en una tradición ejemplarmente sólida en la propia Alemania desde tiempos de Lessing, se había incorporado a la naciente epistemología científica. La filología decimonónica determinó uno de sus centros de interés en las lenguas y literaturas de los pueblos románicos, a cuyo estudio aplicó los métodos de la filología clásica. Esto dio lugar al nacimiento propiamente dicho de la filología Románica. En ecdótica, el filólogo Karl Lachmann idea y aplica un procedimiento para reconstruir científicamente textos perdidos a través de la comparación o colación de errores comunes, que en su honor será denominado método lachmaniano.


Siglo XX

El siglo XX asistió al nacimiento y fuerte desarrollo de la lingüística formal y estructural radicalmente neo-neopositivista, especialmente a partir del Curso transmitido de Ferdinand de Saussure. En este sentido, sería probablemente necesario distinguir entre filología y este tipo de lingüística de tendencia tecnológica y la extensa gama de sus escuelas y modelos. No cabe olvidar, con todo, la subsistencia de una dispersa lingüística idealista, así el caso eminente de Karl Vossler, discípulo de Benedetto Croce, al igual que es preciso recordar a propósito de los ámbitos de la Ciencia literaria. Pero el hecho, sin embargo, es que el último cuarto del siglo XX dio muestras de un claro desplazamiento de las escuelas formalistas hacia el dominio pragmático y, por otra parte, hizo patente el ya inocultable desvanecimiento de tales proyectos tecnológicos. En cualquier caso, la Filología había continuado su labor, quizás un tanto ensimismada o encerrada, con centro en los textos escritos, pero también definitivamente abierta a los aspectos más sincrónicos de la tradición oral así como a las nuevas circunstancias tanto teóricas y críticas como instrumentales propiciadas por los medios digitales.


Campos metodológicos de aplicación de la filología

La Filología, en su sentido más característico o restringido, pero dentro del ámbito de la filología general, ha tenido y tiene diversos cometidos:


Comparación de lenguas y de literaturas. Desde el siglo XVIII, y como establecimiento disciplinar a partir del XIX, la filología comparada se ocupó de estudiar la relación entre distintas lenguas. De esta forma, las semejanzas entre el sánscrito y las lenguas europeas (observadas por primera vez a principios del siglo XVI) llevaron a especular sobre la posibilidad de la existencia de una lengua anterior común de la cual todas procedían, el proto-indoeuropeo. Por su parte, el comparatismo literario, que nace como método gracias a Dionisio de Halicarnaso, padre de la Crítica literaria, se desenvuelve a lo largo de la tradición humanística e inicia su época moderna, al igual que la lingüística comparada, inmediatamente definida como filología comparada, también en el Setecientos, sobre todo como consecuencia de las realizaciones de la Escuela Universalista Española del siglo XVIII.

Reconstrucción de textos. La ciencia filológica, en tanto "Crítica textual" (a veces también denominada Textología), se ocupa de la reconstrucción de los textos originales (constitutio) de un autor, basándose en el estudio de las diferentes copias (examinatio) o transmisión de manuscritos conservados, a fin de determinar variantes o errores y sus clases y proceder a subsanarlos (emendatio). Igualmente, se ocupa de determinar la paternidad literaria de un texto (autoría), su fecha de composición (datación, ya por medios lingüísticos o no), su completa genealogía (stemma), etc. Es el caso eminente y complejo, por ejemplo, de la reconstrucción de las primeras versiones de los evangelios cristianos y, en general, de la Biblia, y también con notable preferencia los textos medievales.

Ecdótica o edición textual. La Ecdótica en realidad viene usualmente a integrarse o confundirse en el proceso de la Crítica textual. La actividad filológica también se enfoca relevantemente a la edición de los textos de autores clásicos y modernos, acompañando a estos del correspondiente aparato crítico (anotaciones y variantes), el cual persigue determinar y ofrecer explicativamente al lector con rigor estricto la realidad textual de las obras e incluso, accediendo al campo de la Crítica literaria o interpretación, el trasfondo cultural y vital que subyace al texto.

El ámbito disciplinario de la Filología

Históricamente, la Filología, más que relacionarse o confundirse con otras disciplinas, ha sido subrayada en la preferencia de alguna de sus partes, las cuales al fin no son sino parte de su propia configuración y por ello de su identidad de más pleno horizonte y sentido. Es de señalar la difícil relación durante el siglo XX del ámbito más característicamente filológico con cierta Lingüística estructural y formalista. Pero también es de subrayar, y ahora de manera más estable, la relación filológica con la Hermenéutica y con la Historia y, evidentemente, la Historia de la literatura (y en general la Ciencia de la literatura: junto a la historiografía literaria, la Teoría literaria y la Crítica literaria, disciplinas mediante las cuales alcanza la Filología su estado de cuerpo entero, pero que, de manera semejante a la Lingüística, también padecieron durante el siglo XX, en grandes sectores, de una complicada coyuntura técnica formalista y en consecuencia también de difícil vecindad filológica).


La Filología se confunde con la Hermenéutica en la medida en que ambas buscan el significado de los textos o su interpretación. Pero en esto la Crítica literaria ha de ser entendida a su vez como una particularización hermenéutica. Tanto la filología como su especificación de tipo lingüístico se ocupan del mismo objeto de estudio: el lenguaje humano. Pero la diferencia básica consiste en la preferencia crítico textual con frecuencia asignada a lo filológico, su indagación más particular y reconstructiva, de fijación de textos, que deviene ecdótica, frente al interés lingüístico por el lenguaje en sí mismo y la utilización de textos únicamente como un medio más de conocimiento de este.


Por su parte, Historia y Filología colaboran en la reconstrucción de los hechos históricos pero, mientras la primera se ocupa, efectivamente, de la reconstrucción de los hechos, auxiliándose, en este caso, del método filológico y de otros medios y disciplinas, la segunda trata de situar los textos concretos en una época determinada, sirviéndose, en este caso, de los conocimientos históricos.


En realidad, la Filología, tanto en su sentido general relativo a los textos de las lenguas naturales como en el particularizado diacrónico y ecdótico, comparte su objeto con la serie disciplinaria de la Ciencia literaria, el cual es primordialmente la Literatura en tanto que textos constituidos en unidades o grupos de unidades textuales "altamente elaboradas".


Clasificación

En el pleno ámbito de la disciplina, del conjunto de ámbitos disciplinarios y por encima de la metodología, es preciso distinguir entre Filología general y Filologías particulares. Pudiera decirse que existen tantas filologías como culturas, o como lenguas, pero estas no son magnitudes correspondientes ni a veces tienen independencia. Es preciso subrayar, al margen del mundo egipcio (Egiptología), sobre todo las dos grandes culturas filológicas asiáticas, hindú y china, y a partir de esta última toda la gama que de ella deriva (coreana, japonesa...). Tanto la Indología como la Sinología son concebidas en general como filología en amplio sentido. Otro tanto habría que decir de la Coreanología y la Niponología o Japonología. Por otra parte, al margen de la Filología Árabe, respecto del mundo africano subsahariano es preciso subrayar por su parte que el Africanismo se funda en lenguas y áreas culturales originalmente orales, sin escritura, es decir que solo cabe concebir su configuración filológica desde la aplicación moderna, ya se trate desde las lenguas autóctonas o desde las europeas importadas o coloniales.


En la tradición europea se diferencian varios grandes campos filológicos fundamentales, algunos de los cuales, como después se indicará, han tenido importantísima proyección extraeuropea:


Filología Clásica o griega y latina antiguas y sus pervivencias, fundamento de la cultura occidental y sus respectivos campos filológicos.

Filología Bíblica o Escriturística, parcialmente asociada a la Filología Clásica, pero también a la Filología Hebrea (en sí parte de la rama mayor de Filología Semítica) en virtud de la historia del texto sagrado, de cuyo nuevo Testamento deriva la calificación de Filología Neotestamentaria junto a la de Veterotestamentaria. Estas distinciones, histórica y conceptualmente se vinculan a la disciplina Hermenéutica.

Filología Alemana o Germanística, que también atañe a varias regiones centroeuropeas, sobre todo Austria.

Filología Inglesa, a veces denominada Anglística, posteriormente Angloamericana por expansión geográfica intercontinental.

Filología Eslava o Eslavística, formada por todas las lenguas de ese ámbito, desde el ruso, polaco y ucraniano hasta el búlgaro, checo, eslovaco o croata.

Filología Románica, o Romanística, formada por toda la familia de lenguas neolatinas o románicas. Esta y las europeas antedichas han recibido con frecuencia la denominación de Filología Moderna, por evidente oposición a la Clásica, constituida por las Lenguas muertas.

Dentro de la gran familia Románica, la Filología italiana y la Filología Francesa poseen una gran dimensión nacional. A diferencia de estas, y otras de ámbito más reducido como la Filología Rumana, la Filología Portuguesa, trocadamente indisociable de la Galaica como Filología Gallegoportuguesa, posee una gran proyección americana brasileña y en alguna medida africana mozambiqueña. Aún más que esta última, la Filología Española como Hispánica ha tenido y configura una extensísima proyección americana o Hispanoamericana. Por ello, a la Filología Española conviene más la denominación de Hispánica, pues atañe directamente al patrimonio y a la realidad viva de más de quinientos millones de hablantes de todo el mundo.


Filología Hispánica o Hispanística es la designación que tomando como tronco la lengua española, proyección de la castellana, tiene su gran dimensión en la América Hispánica. La Filología Hispánica posee una base anterior representada por la Iberística y se vincula íntimamente a la portuguesa mediante el gallego y la moderna Filología Gallega o Gallegoportuguesa, al igual que por otra parte la variante románica catalana y su moderna Filología Catalana. Caso lingüísticamente mucho más particularizado, importante para la Iberística, aun por aislado, es el constituido por la lengua vasca (o vascongada, vascuence, euskera), no románica y de origen indeterminado, cuya cooficialidad en la región peninsular correspondiente ha dado lugar a una Filología Vasca. En amplio sentido de cultura, la designación Hispánica cubre lo antedicho y otros diversos elementos medievales, también neolatinos y, propiamente como Filología Hispánica cabe observar su rigurosa pertinencia, aun actual, respecto de la lengua Sefardí, algunas peculiares e interesantes derivaciones, así la africana guineana ecuatorial, la saharaui y, por otra parte geográficamente muy lejana, asiática, la del idioma tagalo, o filipino de base tagala, y la relativa al conjunto de la cultura y de las lenguas filipinas (ilocano, cebuano, bicolano...), de base malaya pero entroncadas con la española, más su criollo español propiamente dicho, el chabacano. Así pues, el Filipinismo, al menos en parte, puede ser considerado una rama de la hispanística. Pero naturalmente, la gran conformación de la Filología Hispánica es consecuencia de América y, en cualquier caso, se complementa o coincide con los estudios de Hispanismo.


octubre 15, 2020

Historiografía

 El término historiografía proviene de historiógrafo, y este del griego ἱστοριογράφος historiográphos, de ἱστορία historía 'historia' y -γράφος gráphos, de la raíz de γράφειν gráphein 'escribir'; el que escribe (o describe) la historia.1​2​


La historiografía es el arte de escribirla,3​ pero la historiografía es también la ciencia que se encarga de estudiar la historia.4​ El énfasis en su condición de "arte" (τέχνη tékhnē) o "ciencia" (ἐπιστήμη epistḗmē) es uno de los objetos de debate metodológico más importante entre los historiadores, con abundante participación de intelectuales que han reflexionado sobre ello, dada su posición central en la cultura.5​ Para una parte de ellos, ni siquiera puede hablarse de "historia" en singular, puesto que la condición de relato de sus productos los convierte en "historias" en plural.6​ Para la mayor parte de los historiadores contemporáneos, en cambio, es irrenunciable7​ la condición científica de la historia, o al menos la aspiración a tal condición ("ciencia en construcción"8​), e incluso está muy extendida la visión que no percibe ambos rasgos (ciencia y arte) como estrictamente incompatibles sino como complementarios.9​


Las diferentes disciplinas que sirven para el estudio historiográfico se agrupan con el nombre de «ciencias y técnicas historiográficas» (paleografía -que incluiría la epigrafía y papirología-, documentación o ciencias documentales, sigilografía, diplomática, codicología, numismática, etc.).10​


Al especialista en historiografía se le denomina historiógrafo11​ o historiador.12​

Alegoría de la escritura de la historia de Jacob de Wit (1754). Una verdad casi desnuda mantiene un ojo en el escritor de la historia. Atenea (sabiduría) a la izquierda da consejos.

Historiografía como meta-historia

Véanse también: Metodología, Historiología y Ciencias históricas.

Si la historia es una ciencia cuyo objeto de estudio es el pasado de la humanidad, cuestión en que la mayoría pero no todos los historiadores concuerdan, se tiene que someter al método científico, que aunque no pueda ser aplicado en todos los extremos de las ciencias experimentales, sí puede hacerlo a un nivel equiparable a las llamadas ciencias sociales.


Un tercer concepto confluyente a la hora de definir la historia como fuente de conocimiento es la «teoría de la historia», que puede llamarse también «historiología» (término acuñado por José Ortega y Gasset).13​Su papel es estudiar «la estructura, leyes y condiciones de la realidad histórica»,14​ mientras que la «historiografía» es, a la vez: el relato mismo de la historia, el arte de escribirla, y el estudio científico de sus fuentes, productos y autores.15​


Es imposible acabar con la polisemia y la superposición de estos tres términos, pero simplificando al máximo se puede definir:


la historia como los hechos del pasado,

la historiografía como la ciencia de la historia,

la historiología como su epistemología.

La filosofía de la historia es la rama de la filosofía que concierne al significado de la historia humana, si es que lo tiene. Especula un posible fin teleológico de su desarrollo, o sea, se pregunta si hay un diseño, propósito, principio director o finalidad en el proceso de la historia humana. No debe confundirse con los tres conceptos anteriores, de los que se separa claramente. Si su objeto es la verdad o el deber ser, si la historia es cíclica o lineal, o existe la idea de progreso en ella, son materias ajenas a la historia y la historiografía propiamente dichas, que trata esta disciplina. Un enfoque intelectual que tampoco contribuye mucho a entender la ciencia histórica como tal es la subordinación del punto de vista filosófico a la historicidad, considerando toda la realidad como el producto de un devenir histórico: ese sería el lugar del historicismo, corriente filosófica que puede extenderse a otras ciencias, como la geografía.


Una vez despejada la cuestión meramente nominal, queda para la historiografía por tanto el análisis de la historia escrita, las descripciones del pasado; específicamente de los enfoques en la narración, interpretaciones, visiones de mundo, uso de las evidencias o documentación y métodos de presentación por los historiadores; y también el estudio de estos mismos, a la vez sujetos y objetos de la ciencia.


La historiografía, más llanamente, es la manera en que la historia se ha escrito. En un amplio sentido, la historiografía se refiere a la metodología y a las prácticas de la escritura de la historia. En un sentido más específico, se refiere a escribir sobre la historia en sí.


Fuentes historiográficas y su tratamiento

Artículos principales: Fuente documental y Método histórico.

Para investigar e interpretar las sociedades, los historiadores recurren a fuentes históricas, es decir, a testimonios escritos o materiales, que permiten reconstruir los acontecimientos históricos.16​


Es importante distinguir la materia prima del trabajo de los historiadores (fuente primaria) de los productos semielaborados o terminados (fuente secundaria e incluso fuente terciaria). Una fuente primaria procede directamente de la época que se está investigando, o lo que es lo mismo, tienen que haber sido producidos paralela y contemporáneamente a los hechos.16​ Son los testimonios de primera mano, es decir, las leyes, los tratados, las memorias, etc. Una fuente secundaria se ha elaborado con posterioridad al periodo estudiado. Fuentes secundarias son libros, artículos, mapas, etc., que reelaboran información obtenida con fuentes primarias.16​


Igualmente es importante denotar la diferencia entre fuente y documento y el estudio de las fuentes documentales: su clasificación, prelación y tipología (escritas, orales, arqueológicas); su tratamiento (reunión, crítica, contraste), y el mantener el respeto debido a las fuentes, fundamentalmente con su cita fiel. La originalidad del trabajo de los historiadores es un asunto delicado.


Historiografía como producción historiográfica


Archivo de Indias, delante de la catedral de Sevilla


Enterramiento de la cultura nazca

Historiografía es equivalente a cada parte de la producción historiográfica, o sea: al conjunto de escritos de los historiadores acerca de un tema o período histórico concreto. Por ejemplo, la frase «es muy escasa la historiografía sobre la vida cotidiana en el Japón en la era Meiji» quiere decir que hay pocos libros escritos sobre tal cuestión porque hasta el momento no ha recibido atención por parte de los historiadores, no porque su objeto de estudio sea poco relevante o porque haya pocas fuentes documentales que proporcionen documentación histórica para hacerlo.17​


También se utiliza el vocablo historiografía para hablar del conjunto de historiadores de una nación, por ejemplo, en frases semejantes a esta: «La historiografía española abrió sus brazos y sus archivos desde los años 1930 a los hispanistas franceses y anglosajones, que renovaron su metodología».


Es necesario diferenciar los dos términos usados más arriba: «producción historiográfica» y «documentación histórica», aunque en muchos casos coincida que los historiadores utilizan como documentación histórica precisamente la producción historiográfica anterior.


Por ejemplo: además de un conjunto de documentos archivísticos de la Casa de Contratación de Sevilla que se produjeron quizá solo para llevar una contabilidad;18​ o de algún material arqueológico que se halle en una excavación en Perú, y que se depositó sin intención de que nadie lo encontrara; un historiador americanista tendrá que utilizar la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que fue escrita por Bartolomé de las Casas con un afán histórico indudable, además de con un propósito de la defensa de un interés o su propio punto de vista.19​Con eso último vemos otra insalvable característica de la historia que la peculiariza como ciencia: ningún historiador, por muy objetivo que pretenda ser, es ajeno a sus propios intereses, ideología o mentalidad ni puede sustraerse a su punto de vista particular. Como mucho puede intentar la intersubjetividad, es decir, tener en cuenta la existencia múltiples puntos de vista. Para el caso que nos sirve de ejemplo, contrastar las fuentes de Bartolomé de las Casas con las demás voces que se oyeron en la Junta de Valladolid, entre las que destacó la de su rival Juan Ginés de Sepúlveda, o incluso con la llamada «visión de los vencidos»,20​ que raramente se conserva, pero a veces sí, como ocurre con la Nueva Crónica y Buen Gobierno del inca Guaman Poma de Ayala21​


La reflexión sobre la posibilidad o imposibilidad de un enfoque objetivo lleva a la necesidad de superar la oposición entre objetividad (la de una inexistente ciencia "pura" que no se contamine con el científico) y subjetividad (implicada en los intereses, ideología y limitaciones de éste) con el concepto de intersubjetividad, que obliga a considerar la tarea del historiador, como la de cualquier científico, como un producto social, inseparable del resto de la cultura humana, en diálogo con los demás historiadores y con la sociedad entera.


Historiografía y perspectiva: el objeto de la historia

La historia no tiene más remedio que seguir la tendencia a la especialización que tiene cualquier disciplina científica. El conocimiento de toda la realidad es epistemológicamente imposible, aunque el esfuerzo de un conocimiento transversal, humanístico, de todas las partes de la historia, es exigible a quien verdaderamente quiera tener una visión correcta del pasado.


Así pues la historia debe segmentarse no solo porque el punto de vista del historiador esté contaminado de subjetividad e ideología, como habíamos visto, sino porque necesariamente debe optar por un punto de vista, al igual que un científico, si quiere observar su objeto, debe optar por utilizar un telescopio o un microscopio (o, de forma menos grosera, qué tipo de lente va a aplicar). Con el punto de vista se determina la selección de la parte de la realidad histórica que se toma como objeto, y que sin duda dará tanta información sobre el objeto estudiado como sobre las motivaciones del historiador que estudia. Esa visión sesgada puede ser inconsciente o consciente, asumida con más o menos cinismo por el historiador, y es distinta para cada época, para cada nacionalidad, religión, clase o ámbito en el que el historiador quiera situarse.


La inevitable pérdida que supone la segmentación, se compensa con la confianza en que otros historiadores harán otras selecciones, siempre sesgadas, que deben complementarse. La pretensión de conseguir una perspectiva holística, como pretende la historia total o la historia de las Civilizaciones, no sustituye la necesidad de todas y cada una de las perspectivas parciales como las que se tratan a continuación:


Sesgos temporales

Artículos principales: Cronología, Arcontología, Tiempo histórico, Tiempo geológico y Periodización.

Los sesgos temporales van desde las periodizaciones clásicas Prehistoria, Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna o Edad Contemporánea, hasta las historias por siglos, reinados, etc. La periodización clásica (ver su justificación en «División del tiempo histórico») es discutible tanto por la necesidad de periodos de transición y solapamientos, como por no representar periodos coincidentes para todos los países del mundo (por lo que ha sido acusada de eurocéntrica).



El punto de vista eurocéntrico: ¿nos perturba un mapa «boca abajo»?

Los anales fueron uno de los orígenes de la fijación de la memoria de los hechos históricos en muchas culturas (véase en su artículo y más abajo en Historiografía de Roma). Las crónicas (que ya en su nombre indican la intención del sesgo temporal) son usadas como reflejo de los acontecimientos notables de un periodo, habitualmente un reinado (véase en su artículo y más abajo en Historiografía de la Edad Media e Historiografía española medieval y moderna). La arcontología sería la limitación del registro histórico a la lista de nombres que ocupaban determinados cargos de importancia ordenados cronológicamente. De hecho, la misma cronología, disciplina auxiliar de la historia, nace en muchas civilizaciones asociada al cómputo del tiempo pasado que se fija en la memoria escrita por los nombres de los magistrados, como ocurría en Roma, donde era más corriente citar un año por ser el de los cónsules tal y cual. En el Antiguo Egipto, la datación del tiempo se hizo por años (Piedra de Palermo), años, meses y días de reinado del faraón (Canon Real de Turín), o dinastías (Manetón). Es muy significativo que en las culturas no históricas, que no fijan mediante la escritura la memoria de su pasado, es muy frecuente no plantearse la duración concreta del tiempo pasado más allá de unos pocos años, que pueden ser incluso menos que los que dura una vida humana.22​Todo lo que ocurre fuera de ello sería «hace mucho tiempo», o en «tiempo de los antepasados», que pasa a ser un tiempo mítico, ahistórico.23​


El tratamiento cronológico es el más usado por la mayor parte de los historiadores, pues es el que corresponde a la narración convencional, y el que permite enlazar las causas pasadas con los efectos en el presente o futuro. No obstante, se emplea de distinta manera: por ejemplo, el historiador siempre tiene que optar por un tratamiento sincrónico o diacrónico de su estudio de los hechos, aunque muchas veces hacen sucesivamente uno y otro.


El tratamiento diacrónico estudia la evolución temporal de un hecho, por ejemplo: estudiaría la formación de la clase obrera en Inglaterra a lo largo de los siglos xviii y xix)

El tratamiento sincrónico se fija en las diferencias que el hecho histórico estudiado tiene al mismo tiempo pero en diferentes planos, por ejemplo: compararía la situación de la clase obrera en Francia e Inglaterra en la coyuntura de la revolución de 1848 (ambos ejemplos están tomados de E. P. Thompson)24​

Periodos o momentos especialmente atractivos para los historiadores terminan convirtiéndose, por la intensidad del debate y el volumen de la producción, en verdaderas especialidades, como la historia de la guerra civil española, la historia de la Revolución francesa, la soviética o la americana.


También son de consideración las diferentes concepciones del tiempo histórico, que según Fernand Braudel van desde la larga duración al acontecimiento puntual, pasando por la coyuntura.


Sesgos metodológicos: las fuentes no escritas

Prehistoria

Edad de Piedra Edad de los Metales

Paleolítico Mesolítico Neo-

lítico Edad del Cobre Edad del Bronce Edad del Hierro

P. Inferior P. Medio P. Superior Epipa-

leolítico Proto-

neolítico

Artículos principales: Arqueología y Paleontología.

Para el caso del periodo prehistórico, la radical diferencia de fuentes y método (así como la división burocrática de las cátedras universitarias) la hacen ser una ciencia muy distante de la que hacen los historiadores, sobre todo cuando tales fuentes y método se prolongan, dando primacía al uso de las fuentes arqueológicas y el estudio de la cultura material en periodos para los que ya hay fuentes escritas, hablándose entonces no de la Prehistoria, sino propiamente de la arqueología con sus propias periodizaciones arqueología clásica, arqueología medieval, incluso arqueología industrial. Menor diferencia puede hallarse con el uso de las fuentes orales en lo que se conoce con el nombre de historia oral. No obstante, hay que recordar lo ya dicho (véase más arriba sesgos temporales) sobre la primacía de las fuentes escritas y lo que éstas determinan la ciencia historiográfica y la propia conciencia de la historia en su protagonista —que es toda la humanidad—.


Sesgos espaciales

Como la historia continental, historia nacional, historia regional o la historia local. El papel de la historia nacional en la definición de las propias naciones es innegable (para España, por ejemplo, desde las Crónicas medievales hasta la historia del Padre Mariana (véase nacionalismo, nación española). Puede también verse, en este mismo artículo (historia de la historia), cómo se agrupan separadamente los historiadores por nacionalidad, además de por época o tendencia.


La geografía dispone de conceptos no más potentes pero sí menos arbitrarios, que han permitido edificar la prestigiosa rama de la geografía regional. La historia local es sin duda la de más fácil justificación y validez universal, siempre que supere el nivel de la simple erudición (que al menos siempre servirá como fuente primaria para obras de mayor ambición explicativa).


Sesgos temáticos

Son los que darían paso a una historia sectorial, presente en la historiografía desde muy antiguo, como ocurre con



Las Vidas de artistas de Vasari

la historia política, reducida a historia evenemencial o categorizada en la historia de las instituciones, la historia de los sistemas políticos, la historia del Derecho o la historia militar;

la historia económica, a veces hermanada con la historia social, que no obstante, puede también entenderse como historia del movimiento obrero o una más universal historia de los movimientos sociales;

la historia de la Iglesia, tan antigua como ella misma, o la historia de las religiones, nacida por la necesidad de hacer su estudio comparado;

la historia del arte, con precedentes en la Antigüedad clásica con la valoración de su producción artística y la de su pasado, pero establecida propiamente en el Renacimiento y sobre todo con el Neoclasicismo;

más reciente que éstas, pero englobándolas en cierto modo, la historia de las ideas, que puede incluir las creencias, las ideologías o la historia de la ciencia y de la técnica y con ellas subdividirse hasta el infinito: la historia de las doctrinas económicas, la historia de las doctrinas políticas...

Una manera de preguntarse cuál es el objeto de la historia es elegir qué merece ser conservado en la memoria, cuáles son los hechos memorables. ¿Lo son todos, o lo son solo los que cada historiador considera trascendentales? En la lista anterior tenemos las respuestas que cada uno puede dar.


Algunas de estas denominaciones encierran no una simple parcelación, sino visiones metodológicas opuestas o divergentes, que se han multiplicado en el último medio siglo. La historia es hoy más plural que nunca antes, escindida en multitud de especialidades, tan fragmentada que muchos de sus ramas no se comunican entre ellas, sin ver sujeto ni objeto común:


la microhistoria, que se interesa en la especificidad de los fenómenos sociales desde una perspectiva que ha sido comparada con la lupa de aumento;

la historia de la vida cotidiana, que desde una selección similar del objeto, abre después el campo de visión buscando la generalización;

la historia desde abajo, centrada en los grupos sociales desfavorecidos, invisibilizados en la mayor parte de los registros históricos habituales;

la historia de las mujeres o los llamados estudios de género, como muchas historias transversales, que a veces pueden englobarse como historia de las minorías, o disgregarse temáticamente como la historia de la sensibilidad, la historia de la sexualidad, etc.;

modificaciones de la historia económica como la cliometría o la historia de la empresa;

la historia cultural, que registra un nuevo impulso tras varios decenios;

la historia del tiempo presente, creada en los años 1980 y que se interesa en las grandes rupturas de nuestra época;

la climatología y la genética junto a otras disciplinas, se están dejando notar más recientemente en el debate historiográfico, a través de la historia ambiental o ecohistoria, los cada vez más utilizados estudios de genética poblacional;


James Frazer, autor de La rama dorada (1890-1922), un clásico de la antropología que cambió la manera de ver la historia

la historia natural para referirse no solo a la geología y la paleontología sino también a muchas otras Ciencias Naturales —las fronteras entre el campo al que se refiere este término y el de la prehistoria y la arqueología son imprecisas, a través de la paleoantropología—, así como la Cosmología, y que se pretende actualizar con la denominada Gran Historia.

Ciencias auxiliares o afines de la historia

Artículo principal: Disciplinas afines usadas en Historia

La fragmentación del objeto histórico puede inducir, en algunas ocasiones, a una limitación muy forzada de la perspectiva historiográfica. Llevada a un extremo, se puede reducir la historia a la ciencia auxiliar de la que se sirve para encontrar explicación a los hechos del pasado, como la economía, la demografía, la sociología, la antropología, la ecología, la geografía, etc.


En otras ocasiones, la limitación del campo de estudio produce realmente un género historiográfico:


Géneros historiográficos

Puede señalarse que hay géneros historiográficos que participan de la historia pero pueden llegar a alejarse más o menos de ella: un extremo lo ocuparían los terrenos de la ficción que ocupa la novela histórica, cuyo valor desigual no empaña su importancia. Otro extremo lo ocuparían la biografía y un género anejo, sistemático y extraordinariamente útil para la historia general como es la prosopografía. Vinculada con la historia desde el comienzo del registro escrito, una de las principales preocupaciones a la hora de fijar los datos fue lo que hoy llamamos arcontología (listas de reyes y dirigentes).



Clío, la musa de la historia, por Pierre Mignard (1689)

Corrientes historiográficas: el sujeto de la historia

Artículo principal: Sujeto histórico

De una manera más declarada, las corrientes historiográficas suelen explicitar su metodología de forma combativa, como el providencialismo de origen cristiano (no hay que olvidar, que además de la tradición historiográfica griega de Heródoto o Tucídides, el origen de la historiografía occidental está fuertemente unida a la historia sagrada), o el Materialismo histórico de origen marxista (que triunfó en los ambientes intelectuales y universitarios europeo y americano a mediados del siglo xx d. C., quedando adormecido al menos desde la caída del muro de Berlín).25​


A veces las etiquetación de las corrientes es obra de sus detractores, con lo que los historiadores en ellas encasillados pueden o no estar conformes con la manera en que quedan definidos. Tal cosa podría decirse del mismo providencialismo, pero sería más propio para corrientes más modernas, como el positivismo, la historia evenemencial (de los acontecimientos), etc.


Interpretar la historiografía como parte del ambiente intelectual de la época en que surge es siempre necesario. Toda producción cultural es dependiente del modelo cultural existente, llámese a esto la moda, del estilo o el paradigma dominante en arte o filosofía; y es evidente que el registro de la historia es una producción cultural. La deconstrucción, el pensamiento débil o la posmodernidad, conceptos de finales del siglo xx d. C., han sido la incubadora de la presente deconstrucción de la historia, que para algunos solo es una narración.26​Una buena manera de distinguir la interpretación de la historia que tiene una corriente historiográfica es preguntarse a qué considera sujeto histórico o el protagonista verdadero de la historia.


Agrupaciones de historiadores

Grupos de historiadores que comparten metodología (y se autopromocionan conjuntamente con el potente mecanismo publicación-cita) surgen a veces en torno a revistas, como la francesa Escuela de Annales (ver en este mismo artículo), la inglesa Past and Present o la italiana Quaderni Storici; grupos de investigación o las propias cátedras universitarias, que son la cúspide de la reproducción de las élites historiográficas, a través del clientelismo y el reconocimiento entre pares (peer review).


Artículo principal: Revista de historia

Historiografía como ciencia

Historia de la historia


Ban Gu

La aparición de la historia es equivalente a la de la escritura, pero la conciencia de estudiar el pasado o de dejar para el futuro un registro de la memoria es una elaboración más compleja que las anotaciones de los templos sumerios.27​Las estelas y relieves conmemorativos de batallas en Mesopotamia y Egipto ya son algo más aproximado.


El resto de las civilizaciones asiáticas alcanzan la escritura y la historia a su propio ritmo, compilan sus fuentes teológicas en forma de libros sagrados - en ocasiones con partes históricas (la Biblia hebrea) o sofisticaciones cronológicas (los Vedas hindúes)- registran sus propios Anales y finalmente su propia historiografía, particularmente la china,28​ que tiene su Heródoto en Sima Qian (Memorias históricas, 109 a.C.–91 a.C.) y alcanzó una definición clásica de historia tipificada y oficial, con el Libro de los Han de Ban Gu (siglo i d. C.), que fijó un modelo repetido sucesivamente por los historiadores de los períodos siguientes en veinticinco "historias tipificadas", hasta 1928, en que apareció la última de tan monumental serie.29​


Véase también: Interpretaciones de la historia de China

En la América precolombina, fuera de la civilización maya no hay textos de ningún modo comparables. Tanto en ese caso como en el del África subsahariana, las fuentes orales han sido tradicionalmente prioritarias. Son muy recientes (segunda mitad del siglo xx d. C.) los intentos de construir una historiografía africana.30​ Aun así hay algunos casos excepcionales, como las bibliotecas de manuscritos de Tombuctú, conectadas con viajeros y conquistadores magrebíes, algunos de origen andalusí como León el Africano, conocido autor de Historia y descripción de África y de las extraordinarias cosas que contiene (1526).31​


No obstante, el desarrollo y variedad que ha alcanzado la historiografía en la Civilización Occidental es de un nivel distinto a todas ellas.


Antigua Grecia

Artículo principal: Historiografía griega


Heródoto y Tucídides, opuestos en una doble herma del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Los primeros cronistas griegos, que se interesaron sobre todo en los mitos de origen (los logógrafos), practicaban ya el recitado de acontecimientos. Su narración podía apoyarse en escritos, como era el caso de Hecateo de Mileto (segunda mitad del siglo vi d. C. a. C.). En el siglo v d. C. a. C., Heródoto de Halicarnaso se diferencia de ellos por su voluntad de distinguir lo verdadero de lo falso; por ello realiza su "investigación" (etimológicamente: "historia"). Una generación después, con Tucídides, esta preocupación se transforma en espíritu crítico, fundado sobre la confrontación de diversas fuentes orales y escritas. Su Historia de la guerra del Peloponeso puede ser vista como la primera verdadera obra historiográfica.


Los continuadores del nuevo género literario de Heródoto y Tucídides fueron muy numerosos en la Grecia Antigua y pueden contarse entre ellos Jenofonte (autor de la Anábasis), Posidonio, Ctesias, Apolodoro de Artemisa, Apolodoro de Atenas, Aristóbulo de Casandrea (ver literatura griega e historiografía helenística)


En el siglo ii d. C. a. C., Polibio, en su Pragmateia (traducido también como "Historia"), tratando quizá de escribir una obra de geografía, aborda la cuestión de la sucesión de los regímenes políticos para explicar cómo su mundo ha entrado en la órbita romana. Es el primero en buscar causas intrínsecas al desarrollo de la historia más que evocar principios externos. En esas alturas del periodo helenístico, la Biblioteca y el Museo de Alejandría representaban la cumbre del afán griego por preservar la memoria del pasado, lo que implica su valoración como herramienta útil para el presente y el futuro.


Antigua Roma

Véase también: Historiografía romana

La civilización romana dispone, a semejanza de los griegos Homero y Hesiodo, de mitos de origen que recogió Virgilio poetizados en la Eneida como un elemento del programa ideológico diseñado por Augusto. También al menos desde la República, mantuvo un cuidado especial por la recopilación de hechos en Anales, la legislación escrita y los archivos vinculados al sagrado de los templos. Hasta las guerras púnicas la recopilación de los principales sucesos acaecidos estaba a cargo de los pontífices, en forma de crónicas anuales.


La primera obra histórica completa latina es Los Orígenes de Catón (siglo iii d. C. a. C.).


El contacto de Roma con el mundo mediterráneo, primero Cartago, y sobre todo Grecia, Egipto y Oriente fue fundamental para ampliar la visión y utilidad de su género histórico. Los historiadores (sean romanos o griegos) acompañarán en las campañas militares a los ejércitos, con el declarado fin de preservar su memoria a la posteridad, recopilar información de utilidad y justificar sus acciones. La lengua culta, el griego, se utilizará para este género a la par que la más sobria latina.


Salustio, el Tucídides romano, escribe De Coniuratione Catilinae (la Conjuración de Catilina, de la que es contemporáneo, 63 a. C.). Realiza un relato extenso de las causas lejanas de la conjuración, así como de la ambiciones de Catilina, retratado como un noble degenerado y sin escrúpulos. En Bellum Ingurthinum (guerra de Yugurta rey de los númidas, 111 a. C. a 105 a. C.), denuncia un escándalo colonial. Historiae era su obra más ambiciosa y madura, conservada parcialmente, que abarcaba en cinco libros los doce años transcurridos desde la muerte de Sila en el 78 a. C. hasta el 67 a. C. No es la precisión histórica lo que le interesa, sino la narración de unos hechos con sus causas y consecuencias, así como la posibilidad de esclarecer el desarrollo del proceso de la degeneración en que la República se vio inmersa. Aparte del individuo, el objeto de su observación se centra en las clases sociales y las facciones políticas: idealiza un pasado virtuoso, y detecta un proceso de decadencia que atribuye a los vicios morales, a la discordia social y al abuso del poder por parte de las distintas facciones políticas.


Julio César con su Commentarii Rerum Gestarum, acerca de dos de las más grandes acciones bélicas que llevó a cabo: la guerra de las Galias (58 a. C.-52 a. C.) (De Bello Gallico) y la guerra civil (49 a. C.-48 a. C.) (De Bello Civili).


Tito Livio (59 a. C.-17 d. C.), con los 142 libros de Ab Urbe Condita, divididos en grupos de diez libros que se conocen con el nombre de "décadas", que se han perdido en su mayor parte, escribe una gran historia nacional, cuyo único tema es Roma ("fortuna populi romani") y cuyos únicos actores son el Senado y el pueblo de Roma ("senatus populusque romanus" o SPQR). Su propósito general es ético y didáctico; sus métodos fueron los del griego Isócrates del siglo iv d. C. a. C.: es el deber de la historia decir la verdad y ser imparcial, pero la verdad debe presentarse con una forma elaborada y literaria. Utiliza como fuente a los primeros analistas y a Polibio, pero su patriotismo le lleva a deformar la realidad en detrimento de lo exterior y a un escaso espíritu crítico. Es historiador de gabinete, no viaja ni conoce personalmente los escenarios de los hechos que describe.


Publio Cornelio Tácito (55-120 d. C.), el gran historiador del Imperio bajo los Flavios, es sobre todo un investigador de las causas.


La nómina de historiadores de época romana es extensísima, tanto en lengua latina (Plinio el Viejo, Suetonio...)32​como en griega (Estrabón, Plutarco).


En la decadencia de Roma, el cristianismo vendrá a dar un cambio metodológico radical, introduciendo el providencialismo de Agustín de Hipona. Es ejemplo Orosio, presbítero hispano de Braga (Historiae adversum paganus).


Edad Media

Véase también: Historiografía cristiana

Véase también: Historiografía eclesiástica medieval


Beda el Venerable

La historiografía medieval se escribe principalmente por hagiógrafos, cronistas, miembros del clero episcopal cercanos al poder, o por monjes. Se escriben genealogías, anales áridos, listas cronológicas de acontecimientos sucedidos en los reinos de sus soberanos (anales reales) o sucesión de abades (anales monásticos); vidas (biografías de carácter edificante, como las de los santos merovingios, o más tarde de los reyes de Francia), e historias que cuentan el nacimiento de una nación cristiana, exaltan una dinastía o, al contrario, fustigan a los malvados desde una perspectiva religiosa. Esta historia, de la que son muestra Moisés de Corene (Historia de Armenia, siglo v d. C.), Isidoro de Sevilla (Etimologías e Historia Gothorum, siglo vii d. C.), Beda el Venerable (Historia eclesiástica del pueblo inglés, siglo viii d. C.), Pablo el Diácono (Historia gentis Langobadorum, siglo viii d. C.), Eginhardo (Vita Karoli Magni, siglo ix d. C.) o Néstor el Cronista (Primera crónica rusa, siglos xi al xii); es providencialista, de inspiración agustinista, e inscribe las acciones de los hombres en los designios de Dios. Hay que esperar al siglo xiv d. C. para que cronistas como el francés Froissart o el florentino Matteo Villani se interesen por el pueblo, gran ausente de la producción de este periodo.


Véase también: Literatura musulmana#Biografía, historia y geografía

El egipcio Ibn Abd al-Hakam escribió Futuh Misr wa’l-Maghrib ("Conquistas de Egipto y del Magreb"), donde recopila las fuentes de los siglos vii al ix. Otros historiadores árabes medievales fueron Al-Jahiz, Al-Hadani y Al-Masudi (a quien se comparaba con Heródoto). De familia andalusí emigrada, el tunecino Ibn Jaldún (finales del siglo xiv d. C. comienzos del xv) ha sido muy valorado por como precedente de la filosofía de la historia y sus planteamientos innovadores en los terrenos de la economía y sociología de su Al-Muqaddimah ("Prolegómenos" o "Introducción" a su obra, planteada como una historia universal).


Para la historiografía española, tanto cristiana como musulmana, véase su sección.


Edad Moderna

Véase también: Historiografía moderna

Durante el Renacimiento, el humanismo aporta un gusto renovado por el estudio de los textos antiguos, griegos o latinos, pero también por el estudio de nuevos soportes: las inscripciones (epigrafía), las monedas (numismática) o las cartas, diplomas y otros documentos (diplomática). Estas nuevas ciencias auxiliares de la época moderna contribuyen a enriquecer los métodos de los historiadores: en 1681 Dom Mabillon indica los criterios que permiten determinar la autenticidad de un acta por la comparación de fuentes diferentes en De Re Diplomática. En Nápoles, más de doscientos años antes, Lorenzo Valla al servicio de Alfonso V de Aragón había conseguido demostrar la falsedad de la pseudo-Donación de Constantino. Giorgio Vasari con sus Vidas de artistas nos ofrece a la vez una fuente y un método historiográfico para la historia del Arte.


En esta época la historia no se diferencia de la geografía ni siquiera de las ciencias naturales. Se dividía en dos partes: la historia general (la que hoy llamaríamos historia) y la historia natural (ciencias naturales y geografía). Este sentido amplio de historia se explica por la etimología del término (ver Historia#Etimología).


La cuestión de la unidad del reino que plantean las guerras de religión de Francia en el siglo xvi d. C. dan origen a trabajos de historiadores que pertenecen a la corriente llamada historia perfecta, que muestra que la unidad política y religiosa de la Francia moderna es necesaria, al derivarse de sus orígenes galos (Etienne Pasquier, Recherches de la France). El providencialismo de autores como Bossuet (Discurso sobre la historia universal, 1681), tiende a devaluar la significación de cualquier cambio histórico.


En paralelo, la historia se muestra como instrumento de poder: se pone al servicio de los príncipes, desde Maquiavelo y Guicciardini hasta los panegiristas de Luis XIV, entre los que se cuenta Jean Racine.


Historiografía española medieval y moderna

No era esto ninguna novedad, y la historiografía española es quizá el ejemplo más completo de un secular esfuerzo por mantener la continuidad de la memoria escrita del pasado, que tan buen servicio dio desde las Crónicas medievales que justificaban la Reconquista, para afianzar el poder de los reyes en los distintos reinos cristianos.



Estoria de España de Alfonso X, xiii

Las crónicas

Para Asturias, León y Castilla se encadenan sucesivamente en un conjunto muy completo, que comienza realmente con dos crónicas redactadas en territorio andalusí:


la Crónica bizantina-arábiga (741) y la Crónica Mozárabe (754), que preceden a una crónica perdida del reinado de Alfonso II y establecen su continuidad con las de Alfonso III a finales del siglo ix d. C. (Crónica Albeldense, Crónica Profética, Crónica Rotense y Crónica Sebastianense);

la de Sampiro (del reinado de Bermudo II, cercana al año 1000);

las del siglo xii d. C. (Crónica Silense en torno al 1110, la de Pelayo, obispo de Oviedo, la Crónica de Emperador Alfonso VII y la del monje anónimo de Nájera, estas tres de finales del siglo);

las del reinado de Fernando III el Santo (Chronicon mundi de Lucas, obispo de Tuy, Crónica latina de los Reyes de Castilla de Juan, obispo de Osma y De rebus Hispaniae del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada);

las de Alfonso X el Sabio (Estoria de España, editada por Ramón Menéndez Pidal con el título de Primera Crónica General, y la Grande e General Estoria);

llegando a las del siglo xiv d. C., en que destacan las Crónicas de Pedro López de Ayala (Crónica del rey don Pedro, la de Enrique II, la de Juan I y la inacabada de Enrique III), más sobrias y pegadas a los hechos que las contemporáneas europeas, aunque su fin primordial fuera la autojustificación de su autor, Canciller de Castilla, que también compuso un Rimado de Palacio donde describe a sus contemporáneos.

En el siglo xv d. C. la recopilación cronística se multiplicó:


Suma de crónicas de España, de Pablo García de Santa María (hasta 1412);

Crónica de Juan II (sobre hechos de 1406 a 1434) por Álvar García de Santa María (h.1370-1460), hermano de Pablo; es reanudada con el nombre de Crónica del Halconero por Pedro Carrillo de Huete, siendo refundida por Lope de Barrientos);

Alfonso Martínez de Toledo (Arcipreste de Talavera) escribió en 1443 una Atalaya de las Crónicas;

la Crónica de Álvaro de Luna (1453) es atribuida a Gonzalo Chacón;

Diego de Valera escribe la Crónica abreviada de España o Crónica Valeriana (1482), que concluye en el reinado de Juan II, el Memorial de diversas hazañas para el de Enrique IV (1486-1487) y la Crónica de los Reyes Católicos (hasta 1488).33​

En los otros reinos cristianos peninsulares, la literatura cronística es algo más tardía, pero produce la primera historia general de España en una lengua romance: el Liber regum, redactado entre 1194 y 1211 en aragonés, que cuenta la historia de los distintos reinos cristianos desde los orígenes míticos de la historia peninsular.34​ El Condado de Aragón produce en 851 la Passio beatissimarum birginum Nunilonis atque Alodie. Y del posterior reino contamos con los Anales de San Juan de la Peña, del siglo xii d. C., que fueron copiados en la Crónica homónima. Del mismo siglo data una Breve historia ribagorzana de los reyes de Aragón.35​ También se produjo allí la Estoria de los godos (1252 o 1253), primera versión en lengua vernácula de la Historia de rebus Hispaniae.


Para la Corona de Aragón, tras las Gesta veterum Comitum Barcinonensium et Regum Aragonensium36​ (iniciada el siglo xii d. C. y continuada hasta el xiv), se destacan el Llibre dels feits o Crónica de Jaime I el Conquistador; la Crónica de San Juan de la Peña o de Pedro el Ceremonioso; la de Ramón Muntaner, que cubre el periodo 1207-1328, incluyendo la famosa expedición de los almogávares, en la que participó; y la de Bernat Desclot Llibre del rei En Pere d'Aragó e dels seus antecessors passats (segunda mitad del siglo xiii d. C.).


Completan el panorama peninsular la Crónica de los Reyes de Navarra (1454) del Príncipe de Viana (compuesta para justificar su aspiración al trono) y los Annales Portugaleses Veteres (987-1079).


Siglo XVI


Bartolomé Leonardo de Argensola

Después de la unificación de los Reyes Católicos, ya en la Edad Moderna, continúa explícitamente con esa misma función la monumental Historia de España del Padre Mariana (De Rebus Hispaniae libri XX, 1592, aumentada a treinta libros en su propia traducción al castellano en 1601), célebre por otro lado por su defensa del tiranicidio en De Rege et regis institutione escrita para la educación de Felipe III. Otros cronistas del siglo xvi d. C. son Florián de Ocampo y Ambrosio de Morales (continuando este la Crónica General en cinco libros iniciada por aquel); Jerónimo Zurita (Anales de la Corona de Aragón) y Esteban de Garibay (Compendio historial de las chronicas y universal historia de todos los reynos de España).


Siglo XVII

La historiografía barroca incluye fantasiosas manipulaciones históricas, como los plomos del Sacromonte o los falsos cronicones de Ramón de la Higuera y Antonio Lupián Zapata. Fray Prudencio de Sandoval continúa la crónica de Ocampo y Morales y redacta una Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V; Pedro de Salazar y Mendoza un Origen de las dignidades seglares de Castilla y León, y Bartolomé Leonardo de Argensola los Anales de Aragón.


A finales del siglo xvii d. C., la reflexión sobre la historiografía misma surge en España como necesidad derivada de la acumulación de tan ingente corpus cronístico, siendo su primer intento la Noticia y juicio de los más principales historiadores de España, de Gaspar Ibáñez de Segovia, Marqués de Mondéjar (publicado tras su muerte en 1708).


Otros géneros historiográficos

Otros géneros historiográficos también se cultivan desde la Edad Media, como el tratamiento de una figura aislada (ciclo de el Cid), y ya en el siglo xv d. C. las memorias (Leonor López de Córdoba, circa 1400), la biografía (El Victorial de Gutierre Díez de Games, Generaciones y Semblanzas de Fernán Pérez de Guzmán) y la relación de un hecho puntual, como el Libro del paso honroso de Suero de Quiñones, de Rodríguez de Lena. Los libros de viajes como el de Pedro Tafur o el de Ruy González de Clavijo (que fue embajador ante Tamerlán), proporcionan informaciones muy valiosas.


Al-Andalus

Muhammad al-Razi realiza (en la primera mitad del siglo x d. C. de la era cristiana, IV de la Hégira) la primera historia general de la península ibérica, Ajbar Mutuk al-andalus que continuaron otros al-Razi: su hijo Ahmad (llamado en castellano el moro Rasis) y el de éste (Isa ben Ahmad). Esta historia se divulgó en los reinos cristianos con el nombre de Crónica del moro Rasis y se utilizó por Jiménez de Rada.


Aríb de Córdoba, secretario de al-Hakam II, escribió una Crónica de su gobierno, y en el mismo reinado Muhammad al-Jusaní (muerto en 361/971) el Kitáb al-qudá bi-Qurtuba, historia de los cadíes (jueces) de Córdoba.


En época de Almanzor se escribe una historia controladísima, como es la de Ibn Asim, significativamente titulada al-Ma´atir al-camiriyya (Gestas amiríes), obra que solo conocemos por referencias.


Entre los historiadores del siglo xi d. C. (V de la Hégira), la edad de oro coincidente con la descomposición del califato y los reinos de taifas, sobresalen los cordobeses Ibn Hazm (Fisal o Historia crítica de las religiones, sectas y escuelas) e Ibn Hayyán (Muqtabis el Matín).


En el siglo xiii d. C., el alcireño Ibn Amira escribió la Kitab Raih Mayurqa (Libro del reino de Mallorca).37​


Ya fuera del periodo de presencia musulmana en Al-Andalus completa la historiografía islámica clásica Al-Maqqari, con su Nafh al-Tib (siglos xvi-xvii), que reúne muchas fuentes anteriores. Las fuentes musulmanas son, en general, peor conocidas, e incluirían las posteriores a la Reconquista, como la poco conocida Historia de Ibn Idhari (siglo xvi d. C.).38​


Los cronistas de Indias


Trabajo inca. Ilustración de la Nueva Corónica y Buen Gobierno de Felipe Guamán Poma de Ayala, 1616

Las primeras obras de historia de América, desde las relaciones del mismo Cristóbal Colón, su hijo Hernando y muchos otros descubridores y conquistadores como Hernán Cortés o Bernal Díaz del Castillo (Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España), tienen un claro carácter justificativo. La aportación en sentido contrario de Bartolomé de las Casas (Brevísima relación de la destrucción de las Indias) fue tan trascendental que dio origen a la polémica de los justos títulos, en que le dio réplica Juan Ginés de Sepúlveda; e incluso a la llamada Leyenda negra al divulgarse por toda Europa como propaganda antiespañola. La visión de los indígenas, que vieron sus documentos y cultura material saqueados y destruidos, fue posible por algunos casos excepcionales, como el inca Felipe Guamán Poma de Ayala.


Oficialmente el cargo de Cronista de Indias se inicia con la documentación reunida por Pedro Mártir de Anglería que se pasa en 1526 a Fray Antonio de Guevara, Cronista de Castilla; y con Juan Gómez de Velasco que hace lo propio con los papeles del cosmógrafo mayor Alonso de Santa Cruz, a los que suma el cargo de cronista. Antonio de Herrera es nombrado Cronista Mayor de Indias en 1596, y publica entre 1601 y 1615 la Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y Tierra Firme del mar Océano, conocida como Décadas. Antonio de León Pinelo (criado en Lima, que había recopilado las Leyes de Indias), Antonio de Solís y Pedro Fernández del Pulgar cubrieron el cargo durante el siglo xvii d. C.. En el siglo xviii d. C. la institución se refunda con la creación de otras dos, muy importantes para el mantenimiento de la memoria y la historiografía española: la Real Academia de la Historia y el Archivo General de Indias. Aún tuvo tiempo de destacar la figura de Juan Bautista Muñoz (Historia del Nuevo Mundo, que no completó).


Ilustración

Véase también: Historiografía del siglo XVIII

En el siglo xviii d. C., tuvo lugar un cambio fundamental: los planteamientos intelectuales de la Ilustración de una parte, y de otra el descubrimiento de la alteridad en otras culturas ajenas a la europea (el exotismo, el mito del buen salvaje), suscita un nuevo espíritu crítico (aunque de hecho, son parecidas circunstancias a las que se podían ver en Heródoto). Se ponen en cuestión los prejuicios culturales y el universalismo clásico.


El descubrimiento de Pompeya renueva el interés por la Antigüedad clásica (Neoclasicismo) y proporciona materiales que inauguran una naciente ciencia de la arqueología. Las naciones europeas alejadas del Mediterráneo buscan sus orígenes históricos en mitos y leyendas que a veces se inventan (el Ossian de James Macpherson, que simuló haber encontrado al Homero celta).


También se interesan en las costumbres nacionales los franceses Fenelon, Voltaire (Historia del imperio de Rusia bajo Pedro el Grande y El siglo de Luis XIV, 1751) y Montesquieu, que teoriza sobre ello en El espíritu de las leyes. En Inglaterra, Edward Gibbon escribe su monumental Historia del Declive y Caída del Imperio romano (1776-1788), donde hace de la precisión un aspecto esencial del trabajo del historiador.



El padre Flórez, iniciador de La España Sagrada

Los límites de la historiografía del siglo xviii d. C. son la sumisión a la moral y la inclusión de juicios de parte, con lo que su objeto permanece limitado.


En España destaca la España Sagrada del padre agustino Enrique Flórez, recopilación de documentos de historia eclesiástica, expuesta con criterio ultraconservador (1747 y continuada tras su muerte hasta el siglo xx d. C.) y la Historia crítica de España del jesuita desterrado Juan Francisco Masdeu; desde una perspectiva más ilustrada tendríamos al regalista Melchor Rafael de Macanaz, al crítico Gregorio Mayans y Siscar (uno de sus discípulos, Francisco Cerdá y Rico, intentó emular a Lorenzo Valla discutiendo la veracidad del medieval voto de Santiago), y más avanzado el siglo al propio Gaspar Melchor de Jovellanos, Juan Sempere y Guarinos, Eugenio Larruga y Boneta (Memorias políticas y económicas), y el espléndido documento recopilatorio que es el Viaje de España de Antonio Ponz. Intermedio entre ambas tendencias se encuentra el caso de Juan Pablo Forner, casticista en su famosa Oración apologética por España y su mérito literario (1786) y reformista en otras obras, publicadas después de su muerte.


Siglo XIX: la historia, ciencia erudita

Véase también: Historiografía contemporánea

Es un periodo rico en cambios, tanto en la manera de concebir la historia como en la de escribirla.


En Francia se la considera como una disciplina intelectual distinta de otros géneros literarios desde el comienzo del siglo, cuando los historiadores se profesionalizan y fundan los archivos nacionales franceses (1808). En 1821 se crea la Ecole nationale des Chartes, primera gran institución para la enseñanza de la historia.


En Alemania, esta evolución se había producido antes, y estaba presente en las universidades de la Edad Moderna. La institucionalización de la disciplina da lugar a vastos corpus que reúnen y transcriben sistemáticamente las fuentes. El más conocido es Monumenta Germaniae historica, desde 1819. La historia gana una dimensión de erudición, pero también de actualidad. Pretende rivalizar con las demás ciencias, sobre todo con el gran desarrollo que están teniendo estas. Theodor Mommsen contribuye a dar a la erudición las bases críticas, en su Römische Geschischte (Historia de Roma) 1845-1846, además de colaborar en el citado Monumenta Germaniae historica y Corpus Inscriptionum Latinarum.


En Francia, desde los años 1860, el historiador Fustel de Coulanges escribe la historia no es un arte, es una ciencia pura, como la física o la geología. Sin embargo la historia se implica en el debate de su época y está influida por las grandes ideologías, como el liberalismo de Alexis de Tocqueville y François Guizot. Sobre todo, se deja influir por el nacionalismo e incluso el racismo. Coulanges y Mommsen trasladan al debate historiográfico el enfrentamiento de la guerra francoprusiana de 1870. Cada historiador tiende a encontrar las cualidades de su pueblo (el "genio"). Se fundan las grandes historias nacionales.



Michelet, el historiador de la Revolución francesa

Los historiadores románticos, como Augustin Thierry y Jules Michelet, manteniendo la calidad de la reflexión y la explotación crítica de las fuentes, no recelan de explayarse en el estilo y la mantienen como un arte. Los progresos metodológicos no impiden contribuir a las ideas políticas de su tiempo. Michelet, en su Historia de la Revolución francesa (1847-1853), contribuye igualmente a la definición de la nación francesa contra la dictadura de los Bonaparte, así como al revanchismo antiprusiano (murió poco después de la batalla de Sedán). Con la III República, la enseñanza de la historia se conforma como un instrumento de propaganda al servicio de la formación de los ciudadanos, y continuará siéndolo durante el siglo xx d. C..


Otro de los fundadores de la historiografía en el siglo xix d. C. fue Leopold Von Ranke, que era muy crítico con las fuentes usadas en historia. Estaba en contra de los análisis y las racionalizaciones. Su adagio era escribir la historia tal como fue. Quería relatos de testigos visuales, enfatizando sobre su punto de vista. Importantes historiadores alemanes del siglo xix d. C., que no participaron de su pretensión de objetividad, fueron Johann Gustav Droysen (fijó el concepto de helenismo) y Heinrich von Treitschke (de importante actividad política, que acuñó el lema antisemita ¡Los judíos son nuestra desgracia!). Hans Delbrück desarrolló la historia militar.


El papel epistemológico de la ciencia de la historia se ve sujeto a los grandes esquemas intelectuales que se construyen a partir de corrientes filosóficas como el positivismo y el historicismo. El historicismo es dominante entre los seguidores de Ranke en Alemania, con un acusado componente idealista: las ideas son las raíces del proceso histórico al encarnarse en hombres o instituciones. El positivismo es dominante en Francia (Coulanges, Hippolyte Taine), donde la historiografía es más analítica que narrativa, evitando explicaciones trascendentales y buscando en la misma naturaleza de las cosas la explicación última de los hechos. En Inglaterra se produjo una síntesis ecléctica y moderada de positivismo e historicismo (lord Acton, John B. Bury, ambos catedráticos de Cambridge).39​


La propuesta de Wilhelm Dilthey de separación de campos entre las ciencias naturales, objetivas; y las ciencias del espíritu, subjetivas, situaba a la historia entre estas. Su deseo era superar tanto el eruditismo entendido como mero coleccionismo de hechos individuales, como el recurso a métodos de ciencias ajenas a la historia, por lo que optaba por leyes psicológicas para garantizar el carácter científico de la interpretación de los acontecimientos.


Hegel y Marx introducen el cambio social en la historia. Los historiadores anteriores se habían centrado en los ciclos de auge y decadencia de gobernantes y naciones. Una nueva disciplina emergente aporta el análisis y la comparación a gran escala: la sociología. Desde la historia del arte, estudios como el de Jacob Burckhardt sobre el Renacimiento se convierten en la referencia para entender los fenómenos culturales. La arqueología pone en contacto el mito con la realidad histórica, tanto en Egipto como en Mesopotamia y Grecia (Heinrich Schliemann en Troya, Micenas y Tirinto, y más tarde Arthur Evans en Creta); todo ello en un ambiente romántico y aventurero que se va depurando para hacerse científico, aunque no desaparece, como prueba la tardía aportación de Howard Carter (Tutankamón) y la imagen popular de los arqueólogos que perpetúa el cine (Indiana Jones). La antropología aplicada a la explicación de los mitos produjo el monumental trabajo de James George Frazer (La rama dorada), a partir del cual la historiadores pudieron replantearse su punto de vista sobre la relación de las sociedades humanas de todas las épocas con la magia, la religión e incluso la ciencia.



Menéndez y Pelayo, con su visión tradicionalista de la aportación española a la cultura, es el más destacado ejemplo de la historiografía erudita en España.

Durante el siglo xix d. C., España mantiene al menos su patrimonio documental con la creación de la Biblioteca Nacional y el Archivo Histórico Nacional, pero no se distingue por una gran renovación de su historiografía que, aparte del arabismo de Pascual de Gayangos o de la historia económica de Manuel Colmeiro, aparece escindida entre una corriente liberal (Modesto Lafuente y Zamalloa, Juan Valera), y otra tradicionalista, cuya cumbre, el erudito y polígrafo Marcelino Menéndez y Pelayo (Historia de los heterodoxos españoles), es una digna continuación de la tradición que nace con san Isidoro y pasa por la Historia del padre Mariana y por la España sagrada del padre Flórez.


Siglo XX

Véanse también: Historiografía contemporánea y Organizaciones de historia.

La historia va asentándose como una ciencia social, una disciplina científica implicada en la sociedad. A principios del siglo xx d. C., la historia había adquirido una dimensión científica incontestable, un papel destacado en la educación y una estructura institucional sólida. A las Academias, los departamentos universitarios y las revistas especializadas, se fueron añadiendo las asociaciones profesionales, como la American Historical Association, fundada en 1884.


La historia, entre el positivismo y el ensayismo

Instalada en el mundo de la enseñanza, erudita, la disciplina se influencia por una versión empobrecida del positivismo de Auguste Comte. Pretendiendo objetividad, la historia limita su objeto: el hecho o acontecimiento aislado, en el centro del trabajo del historiador, se considera como la única referencia que responde correctamente al imperativo de objetividad. Tampoco se ocupa de establecer relaciones de causalidad, sustituyendo por retórica el discurso que se pretendía científico.


Simultáneamente y en contraste, se desarrollan disciplinas anejas que tienden a la generalización, como historia cultural o la historia de las ideas, con Johan Huizinga (El otoño de la Edad Media) o Paul Hazard (La crisis de la conciencia europea) entre sus iniciadores. Ensayistas como Oswald Spengler (La decadencia de Occidente) y Arnold J. Toynbee (Un estudio de la Historia) en famosa controversia, publican profundas reflexiones sobre el concepto mismo de civilización que junto con la Rebelión de las Masas o España invertebrada de José Ortega y Gasset se divulgaron extraordinariamente, al ser el reflejo del pesimismo intelectual de entreguerras. Más cercano al método del historiador, y no menos profundo, es el trabajo de sus contemporáneos el belga Henri Pirenne (Mahoma y Carlomagno), o el australiano Vere Gordon Childe (padre del concepto Revolución neolítica).


No obstante, la principal transformación de la historia de los acontecimientos viene de aportes exteriores: Por un lado el materialismo histórico de inspiración marxista, que introduce la economía en las preocupaciones del historiador. Por otro lado, la perturbación causada en la historiografía por los desarrollos políticos, técnicos, económicos o sociales que conoce el mundo, sin olvidar los conflictos mundiales. Nuevas ciencias auxiliares aparecen o se desarrollan considerablemente: arqueología, demografía, sociología y antropología, bajo la influencia del estructuralismo.



Marc Bloch.


Tumba de Fernand Braudel.

La Escuela de Annales

En torno a la revista Annales d’histoire économique et sociale, fundada por Lucien Febvre y Marc Bloch en 1928, surgió na corriente de pensamiento (la llamada escuela de Annales) que agrandó el campo de la disciplina al solicitar la confluencia de otras ciencias, en particular la sociología; y más genéricamente transformó la historia ampliando su objeto más allá del acontecimiento e inscribiéndola en la larga duración (longue durée). Tras el paréntesis de la segunda guerra mundial, Fernand Braudel continúa la revista y recurre por primera vez a la geografía, la economía política y la sociología para elaborar su tesis de economía-mundo (ejemplo clásico es El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempo de Felipe II).


El papel del testimonio histórico cambia: permanece en el centro de las preocupaciones del historiador, pero ya no es el objeto, sino que se le considera como un útil para construir la historia, útil que puede ser obtenido en cualquier dominio del conocimiento. Una constelación de autores más o menos próximos a Annales participan de esa renovación metodológica que llena las décadas centrales del siglo xx d. C. (Georges Lefebvre, Ernest Labrousse).


La visión de la Edad Media cambia completamente tras una relectura crítica de las fuentes, que tienen su mejor parte justo en lo que no mencionan (Georges Duby).


Privilegiando la larga duración al tiempo corto de la historia de los acontecimientos, muchos historiadores proponen repensar el campo de la historia desde Annales, entre ellos Emmanuel Le Roy Ladurie o Pierre Goubert.


Alternativas a Annales

Otros historiadores franceses, fuera de Annales, Philippe Ariès, Jean Delumeau y Michel Foucault, este último en las fronteras de la filosofía, describen la historia de los temas de la vida diaria, como la muerte, el miedo y la sexualidad. Quieren que la historia escriba sobre todos los temas, y que todas las preguntas se respondan.


Desde una orientación completamente opuesta (la derecha católica), Roland Mousnier realizó una aportación decisiva a la historia social del Antiguo Régimen, negando la existencia de lucha de clases e incluso de estas mismas, en beneficio de lo que describe como una sociedad de órdenes y relaciones clientelares.40​



Peter Burke

Tercera generación de Annales: "nueva historia" o "nueva historia cultural"

Artículos principales: Nueva historia e Historia cultural.

"Nueva historia" es la denominación, popularizada por Pierre Nora y Jacques Le Goff (Hacer la Historia, 1973), que designa la corriente historiográfica que anima la tercera generación de Annales. La nueva historia trata de establecer una historia serial de las mentalidades, es decir, de las representaciones colectivas y de las estructuras mentales de las sociedades.


También ubicada dentro de la tercera generación de la escuela de Annales, la corriente historiográfica denominada "nueva historia cultural" comienza en 1966 y aún persiste en la actualidad. Tiene como claro referente la nueva historia antropológica, rama de la antropología, cuyos máximos exponentes del tema fueron Bronislaw Malinowski y Clifford Geertz. Al igual que las dos primeras generaciones de Annales, esta corriente maneja la interdisciplinariedad con otras ciencias sociales; además de contar con la antropología, también cuenta con la colaboración de sociólogos, psicólogos, lingüistas, etc.


Entre sus representantes más significativos están Peter Burke, Roger Chartier, Robert Darnton, Patrice Higonnet, Lynn Hunt, Keith Jerkins y Sarah Maza. Su objeto de estudio se centra en las culturas a lo largo de la historia, entendiéndose por "culturas" según la definición de Clifford Geertz en su método de la "descripción densa", a la dimensión simbólica de la acción como un conjunto de significados heredados y expresados simbólicamente en los hábitos de la vida cotidiana. La historia cultural considera que todas las sociedades del pasado han tenido cultura, sin hacer juicios de valor en considerar a unas mejores o peores que otras. Otro principio clave de esta corriente historiográfica, es aplicar el concepto de la "otredad", es decir, ver al "otro" desde "el otro" a las demás culturas. Consideran que no existe una cultura homogénea, sino que hay "subculturas" insertas a su vez, dentro de otras culturas, civilizaciones o regiones. La cultura, es concebida como la tradición recibida y modificada por quienes la han heredado, y que a su vez, han hecho una "construcción simbólica" de las sociedades.41​


La historiografía francesa repiensa su Revolución

Artículo principal: Debate historiográfico sobre la Revolución francesa

Se ha dicho que cada generación tiene derecho a reescribir la historia.42​ En el ámbito académico, la revisión de las formas de entender el pasado forma parte de la tarea del historiador profesional. Hasta qué punto esa revisión se plantea científicamente, como un falseamiento de las certidumbres anteriormente establecidas (Karl Popper) y no pseudocientíficamente, como haría lo que se denomina de forma peyorativa revisionismo historiográfico es algo de difícil evaluación. Una prueba de toque sería detectar si el revisionista es un outsider del mundo académico, que se dedica al uso político de la historia, cosa que por otra parte es vicio común: la historia siempre se ha usado como arma en la transformación social, y los medios académicos no han sido nunca una excepción. En historiografía, ciencia social, es difícil ver si nos encontramos ante un cambio de paradigma como los que estudió Thomas Kuhn para las ciencias experimentales (Historia de las revoluciones científicas), fundamentalmente porque nunca hay un consenso tan universalmente compartido como para entender que la desviación de él sea una revolución.43​


Una de las grandes polémicas revisionistas (en el buen sentido) vino con el segundo centenario de la Revolución francesa (1989). Autores de tendencia estructuralista, cercanos a Annales (François Furet o Denis Richet), sintetizaron los estudios de las décadas de 1970 y 1980 en lo que pretendía ser un nuevo paradigma interpretativo alternativo al marxista que había dominado la historia social del periodo: Albert Soboul, Jacques Godechot, y más recientemente Claude Mazauric, Michel Vovelle o Crane Brinton (Anatomía de la Revolución). Lejano de ambas tendencias, Simon Schama y los nuevos narrativistas hacen una historia cultural de lo político y muy narrativa, anti-estructuralista y de tintes tendencialmente conservadores (iniciada por Richard Cobb ya en la década de 1970). También mantiene distancia frente a la nouvelle Histoire Politique de René Rémond. Arno Mayer se lamenta de que la revisión haya dado cancha a un uso político de la historia en el que se condenan a priori las revoluciones como inherentemente perversas.44​


Un subgénero: las conmemoraciones


Logo oficial del bicentenario

Por otra parte el uso de la historia para celebrar acontecimientos que cumplen años "redondos" (centenarios, decenarios, etc.) es una ocasión de lucimiento profesional para los historiadores, de acercamiento de la disciplina al gran público y de coartada para distintos tipos de justificaciones. El bicentenario de Estados Unidos (1976) había sido un precedente difícil de superar en cuanto a impacto mediático y coste económico. Las últimas que recordamos para España fueron la de la guerra civil española (1976, con la innovadora exposición del Palacio de Cristal de los Jardines del Retiro comisariada por Javier Tusell; 1986, cincuentenario que se aprovechó también para recordar particularmente a Antonio Machado, y García Lorca con la izquierda en el poder; 1996; 2006, con los debates sobre la memoria histórica), Carlos III (1988, en emulación de la paralela preparación del bicentenario francés), el Quinto Centenario del Encuentro entre dos Mundos (1992), Cánovas (1998), el Año Quijote (2005). Existe incluso una Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, que mantiene una apretada agenda.45​


Sin necesidad de conmemorar algo más concreto que su propia intemporalidad, pero con el mismo afán justificativo (en el que tiene milenios de ventaja) la Iglesia católica española ha realizado el conjunto de exposiciones más notable: Las edades del hombre,46​ repaso temático de asuntos religiosos ilustrado sucesivamente con distintos soportes histórico-artísticos exquisitamente seleccionados y expuestos (libros, música, escultura...) itinerante por las catedrales de Castilla y León, que en sí mismas ya justificaban la visita. El mismo formato y comisario tenía Inmaculada, que conmemoraba el 150 aniversario del dogma (Catedral de la Almudena, Madrid, 2006) y que sirvió para compensar la reciente inauguración del edificio, de gusto y decoración discutidos. Inspirada en ellas se realizó por el gobierno navarro la exposición Las Edades de un Reino (Pamplona 2006, coincidiendo con la del centenario de San Francisco Javier en Javier).


Historiografía anglosajona

Los Estados Unidos son muy pródigos en la experimentación de nuevos enfoques metodológicos, como


el cuantitativismo de la cliometría o new economic history (nueva historia económica) norteamericana, de Robert Fogel y Douglass North, premios Nobel de economía de 1993 (de los pocos historiadores que han recibido el Premio Nobel, con los de literatura de Theodor Mommsen y Winston Churchill).

los case-studies (desde los años 1970). Un case study es un método particular de investigación cualitativa. Más que utilizar grandes bases de datos y rígidos protocolos para examinar un número limitado de variables, este método implica un examen longitudinal de un caso: un solo hecho. La historia se acerca al método experimental.47​

la llamada World History (desde los años 1980), que compara las diferencias y semejanzas entre regiones del mundo y llega a nuevos conceptos para describirlas (considera a Arnold J. Toynbee un precursor).

También es destacable el papel de Estados Unidos como receptor de intelectuales europeos antes y después de la segunda guerra mundial, como fue el caso de Mircea Eliade, el mayor renovador de la historia de las religiones o historia de las creencias (Lo sagrado y lo profano, El mito del Eterno Retorno).


Pero las principales aportaciones de los historiadores ingleses, que disponen de publicaciones comparables a Annales (Past and Present) están en el centro de la corriente principal de producción historiográfica, para el caso de esta revista, de tendencia marxista, entre los que figuran autores de la talla de E. P. Thompson, Eric Hobsbawm, Perry Anderson, Maurice Dobb, Christopher Hill, Rodney Hilton, Paul Sweezy, John Merrington... que en modo alguno debemos entender como una tendencia unitaria, pues, tras los años de la segunda guerra mundial y su posguerra (en que muchos de ellos funcionaron como el Grupo de historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña) fueron alejándose entre sí y de las posiciones marxistas ortodoxas, dando origen a lo que se ha venido en llamar tendencia marxiana. Las polémicas entre ellos y con autores no marxistas, como H. R. Trevor-Roper, se hicieron merecidamente famosas.


Cada autor debe verse a través de su posición personal, como los norteamericanos John Lukacs, Gertrude Himmelfarb, Peter Gay (perspectiva psicológica) o Immanuel Wallerstein (del campo de la historia económica y social, que ha desarrollado un concepto de sistema mundial en la línea de Fernand Braudel); los británicos Steven Runciman (medievalista imprescindible para las Cruzadas), E. H. Carr o Lawrence Stone; los canadienses Donald Creighton o Bruce Trigger (etnohistoriador y arqueólogo); o los ya citados Arno Mayer, Richard Cobb, Crane Brinton o Simon Schama.


Historiografía italiana

En torno a la revista Quaderni Storici, un grupo de historiadores italianos desarrolló a partir de finales de siglo xx d. C. una innovadora extensión de la historia social que denominaron Microhistoria (Giovanni Levi, Carlo Ginzburg). Con alguna aproximación a este método, Carlo M. Cipolla hace sobre todo una historia económica de gran envergadura, así como reflexiones metodológicas interesantes (la parodia Allegro ma non troppo).


Historiografía alemana

La introspección de los intelectuales alemanes ante su papel frente al nazismo y los distintos grados de responsabilidad de la nación, el pueblo o las clases dirigentes alemanas sobre las dos guerras mundiales y el convulso período de entreguerras que presenció el surgimiento del nazismo fue objeto de la atención de historiadores de muy distintas tendencias, como Gerhard Ritter Hans-Ulrich Wehler o Karl Dietrich Bracher. La denominada polémica de los historiadores de los años ochenta entre el filósofo Jürgen Habermas (que sostenía la presencia constante del nazismo) e historiadores como Ernst Nolte y Joachim Fest (quienes pretendían tomar distancia frente a "ese pasado que no pasa" analizando cuestiones tan espinosas como el Holocausto desde una perspectiva que a sus oponentes parecía casi justificadora, equiparando nazismo y comunismo) presidió la década de los ochenta, previa a la reunificación alemana de 1989.48​


Los hispanistas

Artículo principal: Hispanismo

La disponibilidad de materia prima documental en los archivos españoles atraen a profesionales formados en las universidades europeas o norteamericanas, en una especie de fuga de cerebros al revés que renovó la metodología y las perspectivas de los historiadores españoles.


Maurice Legendre fue uno de los iniciadores del hispanismo francés a través de la Casa de Velázquez, siguiéndole una impresionante nómina: Marcel Bataillon (con su imprescindible Erasmo en España), Pierre Vilar (Cataluña en la España Moderna y su breve pero influyente Historia de España), Bartolomé Bennassar (modelo de cómo la historia local puede integrarse en la corriente central de la historiografía de vanguardia con su Valladolid en el siglo de oro),49​Georges Demerson, Joseph Pérez (autoridad para las Comunidades, la Inquisición, los judíos...), Jean Sarrailh (ejemplo de síntesis de una época con La España ilustrada de la segunda mitad del siglo xviii d. C.)...


El hispanismo anglosajón tiene como uno de sus decanos a Gerald Brenan (observador de El laberinto español desde su atalaya en las Alpujarras), secundado por una lista no menos impresionante que la francesa: Hugh Thomas (durante mucho tiempo el autor más citado de su especialidad con Spanish Civil War), John Elliott (que con El Conde-Duque de Olivares ha dado muestra de cómo puede una biografía reflejar una época), John Lynch, Henry Kamen, Ian Gibson (irlandés nacionalizado español, autor de imprescindibles biografías de los gigantes culturales del siglo xx d. C.), Paul Preston, Gabriel Jackson, Stanley G. Payne, Raymond Carr, Geoffrey Parker, Edward Malefakis...


Historiografía española contemporánea


Archivo de la Guerra Civil en Salamanca

Entretanto, las universidades españolas se vacían por la guerra civil y el exilio interior y exterior. A la mitad del siglo xx d. C. podía contemplarse repartido por todo el mundo un nutrido grupo de individualidades: Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz, Julio Caro Baroja, José Antonio Maravall, Jaume Vicens Vives (a quien se debe entre otras aportaciones, la creación del Índice Histórico Español en 1952), Antonio Domínguez Ortiz, Luis García de Valdeavellano, Ramón Carande y Thovar...


En la posguerra se crea el CSIC, en cuyo organigrama se incluyen departamentos de historia. La requisa de papeles por el bando vencedor con fines represivos y su concentración permitirán el funcionamiento de una sección del Archivo Histórico Nacional en Salamanca especializada en la guerra civil española (desde 1999 denominado Archivo General de la Guerra Civil Española). Fue centro de una polémica que trascendió el ámbito de lo historiográfico para entrar completamente en el ámbito de lo político, muy intensa entre 2004 y 2006, por la devolución a la Generalidad de Cataluña de los originarios de esta institución y de otras catalanas (los llamados papeles de Salamanca), que se puede considerar como parte de la polémica simultánea en torno a la llamada recuperación de la memoria histórica.50​


En la segunda mitad del siglo xx d. C. se produce una intensa renovación metodológica en todas las ramas de la ciencia histórica, y se multiplican los departamentos universitarios. Algunos historiadores vuelven del exilio, donde se habían mantenido como referentes de una forma de hacer historia no sometida a censura, es el caso de Manuel Tuñón de Lara, preocupado por la reflexión metodológica (materialismo histórico) a la vez que mantiene una postura militante en política. Es de destacar la labor efectuada, también en Francia, por la editorial Ruedo Ibérico, cuyos libros se distribuían de forma semiclandestina, así como de algunas en México (Fondo de Cultura Económica).


Hay una división clara entre una minoría de historiadores conservadores (Luis Suárez Fernández, Ricardo de la Cierva) y una mayoría abiertos a las nuevas tendencias, que no forman una corriente historiográfica unida. Ver Gonzalo Anes, Julio Aróstegui, Miguel Artola, Ángel Bahamonde, Bartolomé Clavero, Manuel Espadas Burgos, Manuel Fernández Álvarez, Emiliano Fernández de Pinedo, Josep Fontana, Jordi Nadal, Gabriel Tortella, Javier Tusell, Julio Valdeón Baruque...


Son reseñables las figuras destacadas en campos de estudio concretos: la de Francisco Tomás y Valiente y Alfonso García-Gallo en la historia del Derecho, la de Emilio García Gómez en el arabismo, la de Guillermo Céspedes del Castillo en americanística, la de Antonio García y Bellido y Antonio Blanco Freijeiro en la arqueología, las de Pedro Bosch Gimpera, Luis Pericot, Juan Maluquer o Emiliano Aguirre en la prehistoria (la de este último vinculada al inicio del excepcional yacimiento de Atapuerca, cuyo estudio es continuado por Juan Luis Arsuaga, Eudald Carbonell y José María Bermúdez de Castro que han puesto a la prehistoria española en el centro de la atención mundial).


Véase también: Estudios de historia del arte en España

Historia excéntrica. Falsear la historia

No puede dejarse de referir lo que podría llamarse la historia excéntrica, o alejada del "consenso" o campo central del trabajo de los historiadores "oficiales". Siempre ha habido literatura semejante, y podría recordarse un ejemplo notable, como Ignacio Olagüe y su libro La Revolución islámica en Occidente, que pretendía probar la inexistencia de invasión árabe en el siglo viii d. C., y que obtuvo algún eco en los años 1960 y 1970.51​


En la actualidad el debate en torno a la Segunda República Española, la Revolución de octubre de 1934 y la Guerra Civil Española, que afecta incluso a cuestiones tan aparentemente peregrinas como qué fecha tomar como comienzo de ésta,52​ está llenando los estantes de los supermercados con una literatura que algunos llaman revisionismo histórico, por paralelismo con el negacionismo del Holocausto. La necesidad de que determinadas afirmaciones o negaciones historiográficas sean objeto de sanción penal es objeto de debate.53​


No es la española la única historiografía que debe enfrentarse con la excentricidad: el caso más llamativo de los últimos años ha sido seguramente el de la atribución del descubrimiento de América al almirante chino Zheng He.54​


Sobrepasar la frontera de la historia excéntrica es entrar de lleno en el fraude histórico, en el que hay egregios precedentes: desde la Donación de Constantino (que justificó el poder temporal de los papas) a los Protocolos de los Sabios de Sión (que alimentaron el antisemitismo y están en el origen de la Conspiración Judeomasónica). El caso reciente más estrafalario (sin llegar al éxito de los anteriores, por lo que como mucho se puede comparar a los intentos fallidos de falsificar la historia, como los plomos del Sacromonte), es el de los famosos (y falsos) Diarios de Hitler publicados por la revista Stern en 1983, con los que un historiador tan serio como Trevor Roper fue engañado o se dejó engañar. El último en desvelarse, de momento, es el de los documentos falsificados e introducidos en archivos británicos que sustentaron los libros donde Martin Allen revelaba extrañas conspiraciones durante la Segunda Guerra Mundial.55​


La utilización de la historiografía para falsear la historia es tan antigua como la propia disciplina (habría que remontarse al menos hasta Ramsés II y la batalla de Kadesh), pero en el siglo xx d. C. la capacidad que alcanza el Estado y los medios de comunicación de masas (llamados cuarto poder) permitieron a los regímenes totalitarios jugar con la posibilidad de cambiar la historia, no solo hacia el futuro, sino hacia el pasado. La novela 1984 de George Orwell (1948) es un testimonio de lo verosímil que esto resultaba. Las fotografías retocadas fueron una especialidad no solo de Stalin contra Trotsky, sino del mismo Francisco Franco con Hitler.56​El propio Winston Churchill tenía claro, incluso desde la democracia, que "La historia será amable conmigo, porque tengo la intención de escribirla".57​La reflexión acerca de si la historia es escrita por los vencedores es una tarea más propia de los filósofos de la historia.


Lo cierto es que en historia todo cambia, nada es permanente, y mucho menos su ocultamiento, como prueba el debate sobre la subasta al alza de malignidad entre izquierdas y derechas, que aún dará para muchos libros como el de Stéphane Courtois (El libro negro del comunismo, 1997) y su respuesta El libro negro del capitalismo.


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